Milei trabaja en una obra teatral que el mismo encabezará, lo quiere hacer en el muro de Berlin
La obra aún no se estrenó, pero ya puede leerse como una tragedia contemporánea: la del país donde gobernar se convirtió en un acto performático, y el poder en un espejo que solo refleja a su protagonista. Así, mientras la política real arde, Milei ensaya. Mientras los jubilados ajustan sus pastillas, él planifica su iluminación en Berlín. Mientras las pymes cierran, él reparte personajes. El país en modo supervivencia; el presidente, en modo stand-up.

Mientras la economía argentina transita una recesión profunda, con índices de pobreza alarmantes y una sociedad tensionada por los ajustes, el presidente Javier Milei anunció —con entusiasmo digno de un actor primerizo— que trabaja en el guion de una obra de teatro que él mismo protagonizará.
El proyecto, titulado “Juicio al capitalismo”, será, según sus palabras, una puesta en escena con él como “abogado defensor del capitalismo”, acompañado de un elenco donde no faltarán sus ya clásicas “rubias voluptuosas vestidas de Estatua de la Libertad”.
El anuncio no fue hecho en una conferencia institucional, ni en un foro económico. Fue durante una emisión del streaming Misa, en el que Milei se siente más cómodo que en el Congreso o en la Casa Rosada. Allí, entre risas y guiños cómplices, reveló que el libreto le insume mucho tiempo, que se hará un ensayo formal, y que sueña con representarla nada menos que en el Muro de Berlín, emblema de la división ideológica del siglo XX.
El delirio —porque no hay otra palabra más precisa— va mucho más allá de lo performático. Es una manifestación explícita de cómo el presidente concibe el poder: como un escenario donde la política se convierte en show, la historia en escenografía, y los problemas del presente en obstáculos menores frente a su necesidad de autoexaltación.
Si el contenido ya roza la caricatura (un juicio en el que él mismo defiende al capitalismo, contra un fiscal llamado “Yakuza”, con un tribunal de justicia y mujeres objeto con ropas simbólicas), el contexto es aún más revelador: Milei prepara una obra teatral mientras gobierna un país con salarios pulverizados, universidades al borde del colapso, y con un sistema de salud desbordado.
Lo más inquietante no es que el presidente imagine el Estado como una gran ficción dirigida por él. Lo preocupante es que naturaliza esa ficción como forma de gestión. Mientras Argentina atraviesa una de las etapas más crudas de su historia reciente, el jefe de Estado ensaya monólogos en defensa del libre mercado y planea escenografías en lugares cargados de tragedia política como el Muro de Berlín, como si el simbolismo fuera suyo para manipularlo a gusto.
Y no es un hecho aislado. El proyecto teatral se inscribe en una línea coherente con su estilo de liderazgo: narcisismo escénico, culto al yo, desprecio por las formas republicanas, y una tendencia cada vez más acentuada a convertir la política en un espectáculo para fanáticos. Lo que en otros países se considera propaganda, en la Argentina se camufla bajo la excusa de “libertad de expresión”.
También hay un componente ideológico profundo: montar una defensa explícita del capitalismo en un escenario que fue símbolo del fracaso del comunismo no es ingenuo. Es un gesto provocador, pero superficial, que ignora los matices de la historia y convierte la memoria colectiva en utilería. Milei no busca reflexionar: busca vencer simbólicamente a un enemigo que ya cayó hace décadas.
El comentario sobre las “rubias voluptuosas” no es solo de mal gusto, es un anacronismo grotesco que revive estereotipos machistas como si fueran guiños humorísticos, cuando en realidad son una muestra más del desprecio que Milei profesa hacia cualquier forma de sensibilidad social contemporánea.
