La UE apuesta por el acuerdo con Mercosur en medio de tensiones políticas y resistencia euroescéptica
Mientras Bruselas busca fortalecer su presencia en América Latina y contrarrestar la creciente influencia de China, la reacción en países como Francia refleja una profunda división política y un aumento del euroescepticismo.

Las negociaciones y el impulso para ratificar el acuerdo comercial entre la Unión Europea y el bloque de Mercosur, firmado el pasado sábado con Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay, evidencian una compleja confrontación entre intereses geoeconómicos y las dinámicas políticas internas de los países miembros.
La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, destacó la importancia del acuerdo como un logro de una generación, una iniciativa que lleva 25 años en desarrollo y que busca promover una relación comercial más justa y duradera. Sin embargo, esta visión contrasta con la postura de París, que votó en contra en una crucial sesión del Consejo en enero, evidenciando las fisuras internas del bloque en torno a este tratado.
El acuerdo, que pretende crear una zona transatlántica de libre comercio, ha sido visto por sus defensores como un paso estratégico para diversificar los lazos comerciales de la UE, especialmente en un contexto donde EE. UU. restringe el acceso a sus mercados y China incrementa su influencia en la región. Según datos de la Comisión Europea, la cuota de mercado del bloque en las importaciones del Mercosur, que en 2000 era seis veces mayor que la de China, ahora es superada por la nación asiática en un 40%.
Pese a su firma, el acuerdo enfrenta una resistencia significativa, particularmente en Francia, donde el debate se ha intensificado en el contexto de próximas elecciones presidenciales. La ultraderechista Agrupación Nacional (RN), cuyo liderazgo lidera las encuestas, ha iniciado campañas contra el tratado, incluyendo mociones de censura en el Parlamento Europeo y en la Asamblea Nacional francesa. Los críticos argumentan que el acuerdo puede perjudicar a los agricultores europeos, exponiéndolos a competencia desleal por parte de productores latinoamericanos que no cumplen con las normas ambientales y de calidad del bloque.
Por su parte, los defensores del acuerdo señalan que las inquietudes agrícolas son problemas internos y que el tratado ofrece beneficios en sectores como servicios, productos lácteos, vino y bebidas espirituosas, además de facilitar el acceso a mercados públicos de la UE. La Comisión Europea también ha prometido ayudas de 45.000 millones de euros a los agricultores europeos a partir de 2028, en un esfuerzo por mitigar las resistencias, aunque Francia no ha mostrado el mismo entusiasmo.
Por otro lado, las perspectivas económicas del acuerdo parecen limitadas, ya que el presidente francés Emmanuel Macron citó estimaciones que indican que el impacto en el PIB europeo sería mínimo, en torno al 0,05% para 2040. Además, los aranceles sobre los automóviles, un sector clave para Alemania, solo se reducirían en 18 años, permitiendo que fabricantes chinos puedan consolidar su presencia en los mercados del Mercosur en ese tiempo.
A pesar de estas dificultades, algunos sectores industriales y de servicios en la UE esperan que el acuerdo beneficie su acceso a nuevos mercados y oportunidades. Sin embargo, en países donde la oposición al libre comercio está arraigada, como en Bélgica, que aún no ha ratificado el CETA, la resistencia sigue siendo fuerte.
Expertos en política europea advierten que, tras más de dos décadas de negociaciones, el acuerdo con Mercosur corre el riesgo de avivar sentimientos de resentimiento hacia la UE en algunos países, lo que podría complicar aún más su ratificación definitiva. La disputa refleja no solo diferencias económicas y políticas, sino también las tensiones que atraviesan el bloque en un momento de creciente escepticismo y polarización.
