17 de octubre de 2021

La salud mental y el suicidio adolescente, deudas por enfrentar en la pos-pandemia

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Desde 2019 a la fecha, la pandemia ha dejado resultados estrepitosos en todos los niveles de la sociedad y sobre todo en la salud mental. Afirma el profesor Andrés MArtínez y habla del suicidio adolescente como uno de los fenómenos que cobra protagonismo en los medios de comunicación. «Las razones del fenómeno son variadas, sin embargo, me veo en la necesidad de efectuar una mirada retrospectiva del tema para luego reflexionar y accionar sobre esta cruda realidad», dice el especialista en esta nota.

El término suicidio se remonta en el Diccionario Oxford de la lengua inglesa (Oxford English Dictionary) hasta 1651; su primera aparición aparentemente se encuentra en Religión Medici de Sir Thomas Browne, escrito en 1635 y publicado en 1642. Antes de que se convirtiera en un término común, se usaban expresiones como “auto-asesinato” y “auto-matar” para describir el acto de quitar la propia vida.

En la antigüedad griega y romana, el suicidio fue aceptado e incluso visto por algunos como un medio honorable de muerte y el logro de la salvación inmediata. Los estoicos y otros, influenciados por ellos vieron el suicidio como el triunfo de un individuo sobre el destino.

La decisión de Sócrates de quitarse la vida en lugar de violar la sentencia de ejecución del estado, influyó en muchos para considerar el acto como noble. En cuanto a los cristianos, muchos de ellos sabían que probablemente morirían a causa de su fe, pero optaron por seguir a Cristo a toda costa. Por lo general, estas muertes no se consideran “suicidio” ya que no fueron iniciadas por la persona, sino que fueron aceptadas como consecuencia de su compromiso con Jesús.

Agustín (354-430 d.C.) fue el oponente más fuerte a cualquier forma de auto-asesinato. Apeló al sexto mandamiento y su prohibición contra el asesinato. Y estuvo de acuerdo con Sócrates en que nuestras vidas pertenecen a Dios, por lo que no tenemos derecho a acabar con ellas nosotros mismos. Con el tiempo, muchos en la iglesia verían el auto-asesinato como un pecado imperdonable.

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En el siglo XIX, los científicos sociales comenzaron a ver el suicidio como un problema social y como un síntoma de una disfunción mayor en la comunidad y/o el hogar. Los médicos comenzaron a identificar la depresión y otros trastornos detrás del acto. El suicidio se despenalizó para que el individuo pudiera ser enterrado, su familia no desheredada y un sobreviviente no procesado.

Ahora bien, en el presente la tasa de suicidios es alarmante y preocupante debido a la fuerte trascendencia que esta tiene en adolescentes. Diferentes estudios han mostrado que la pandemia ha amplificado los factores de riesgo asociados al suicidio, como la pérdida de empleo o económica, los traumas o abusos, los trastornos mentales y las barreras de acceso a la atención de salud.

Un año después del inicio de la pandemia, alrededor del 50% de las personas que participaron en una encuesta del Foro Económico Mundial en Chile, Brasil, Perú y Canadá declararon que su salud mental había empeorado.  “El suicidio es un problema de salud pública urgente y su prevención debe ser una prioridad nacional”, aseveró Renato Oliveira De Souza, jefe de la Unidad de Salud Mental de la OPS.

Con una de cada cien muertes, el suicidio sigue siendo una de las principales causas de muerte en el mundo, según la Organización Mundial de la Salud (OMS). Cada año, mueren más personas a causa del suicidio que por el VIH, la malaria o el cáncer de mama, o que por la guerra y los homicidios. Entre los jóvenes de 15 a 29 años, el suicidio fue la cuarta causa de muerte a nivel mundial, después de los accidentes de tráfico, la tuberculosis y la violencia interpersonal. 

De acuerdo con las Estadísticas Sanitarias Mundiales 2019 de la OMS, 97.339 personas murieron por suicidio en las Américas en 2019 y se estima que los intentos de suicidio pueden haber sido 20 veces esa cifra. Los hombres representaron alrededor del 77% de todas las defunciones por esta causa y, aunque se han hecho progresos en intervenciones basadas a la evidencia en la prevención del suicidio, muchos países siguen teniendo tasas crecientes.   

Signos de advertencia del suicidio 

La mayoría de los suicidios son precedidos de signos de advertencia verbal o conductual como hablar sobre querer morirse, sentir una gran culpa o vergüenza, o sentirse una carga más para los demás. Otros signos son sentirse vacío, sin esperanza, atrapado o sin razón para vivir; sentirse extremadamente triste, ansioso, agitado o lleno de ira; con un dolor insoportable, ya sea emocional o físico.

Asimismo, cambios de comportamiento como hacer un plan o investigar formas de morir; alejarse de los amigos, decir adiós, regalar artículos importantes o hacer un testamento; hacer cosas muy arriesgadas como conducir con una rapidez extrema; mostrar cambios de humor extremos; comer o dormir demasiado o muy poco; consumir drogas o alcohol con más frecuencia, pueden ser signos de advertencia del suicidio.

Existen intervenciones eficaces para prevenir el suicidio. En un plano personal, la detección y tratamiento tempranos de la depresión y de los trastornos por consumo de alcohol son fundamentales para la prevención del suicidio, así como el contacto de seguimiento con quienes han tratado de suicidarse y el apoyo psicosocial en las comunidades. Si una persona detecta señales de advertencia de suicidio en ella misma o en alguien conocido, debe buscar ayuda de un profesional de la salud lo más pronto posible.

Otra de las formas que podemos ayudar a prevenir estas conductas lamentables, es a través del acompañamiento e interés por la persona que esta vulnerable en sus emociones. La vulnerabilidad emocional es una condición de inestabilidad para aquellos que atraviesan por los oscuros pensamientos de muerte. Por lo tanto, es necesario e importante acompañar en palabra, afecto y amor al más necesitado. Una premisa de las Sagradas Escrituras dice, “Porque nadie aborreció jamás a su propia carne, sino que la sustenta y la cuida, como también Cristo a la iglesia”. (Efesios 5:29).

Nadie que se estima así mismo estaría dispuesto a terminar con su vida de forma álgida. Los problemas que la sociedad pos pandemia debe afrontar son múltiples y uno de ellos es cuidar y estimar la salud mental de las personas. La salud mental es parte de la sexualidad plena a la que toda persona aspira y la incertidumbre, en términos psicosociales, se ha transformado en un elemento mortal para la población adolescente.

No descuidemos la salud mental, ella es tan importante como el alimento de cada día. Si estimamos, acompañamos y atendemos de forma oportuna a la salud mental, habremos dejado de lamentar pérdidas prematuras en la sociedad. El compromiso es de todos los actores sociales e institucionales. No podemos evadir ni permitirnos seguir leyendo las páginas de los periódicos teñidos de sangre joven y con aspiraciones hacia un futuro superador, cancelado por estas conductas suicidas. Depende de todos que esto termine o continúe.

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