La precarización se dispara: el 85% de los trabajadores más pobres está fuera del sistema
Un estudio de la Universidad de Buenos Aires, basado en datos oficiales, muestra que la informalidad se concentra de manera abrumadora en los sectores más vulnerables, donde alcanza niveles cercanos a la universalidad.

La persistencia de altos niveles de empleo precario en Argentina vuelve a poner en evidencia una falla estructural del mercado laboral: tener trabajo dejó de ser sinónimo de integración económica.
En el segmento de menores ingresos —el 20% peor remunerado— el 84,8% de los trabajadores se desempeña en condiciones informales. Es decir, ocho de cada diez personas trabajan sin aportes, sin cobertura social y sin acceso a derechos básicos, lo que expone una dinámica en la que el empleo existe, pero carece de calidad suficiente para garantizar condiciones de vida dignas.
Lejos de tratarse de un fenómeno aislado, la informalidad atraviesa a todo el mercado laboral: afecta al 43% de los ocupados y muestra una leve pero sostenida tendencia al alza. Sin embargo, el dato agregado oculta una desigualdad profunda: el sistema laboral se encuentra segmentado, y la precarización impacta con mucha mayor fuerza en quienes menos ingresos perciben.
El problema también varía según el tipo de inserción. Mientras los asalariados presentan niveles más bajos de informalidad, los trabajadores por cuenta propia —muchas veces vinculados a estrategias de subsistencia— registran tasas superiores al 60%. Esta diferencia revela un patrón en el que la falta de empleo formal empuja a amplios sectores hacia ocupaciones inestables y de baja productividad.
Las brechas se amplían aún más al observar variables como edad, género y educación. Los jóvenes enfrentan niveles críticos de precarización, mientras que quienes no completaron la educación media tienen mayores probabilidades de quedar atrapados en circuitos laborales informales. Sectores como el servicio doméstico y la construcción, históricamente relegados, continúan encabezando los indicadores más elevados.
En este contexto, otro informe —de la organización Futuros Mejores— cuestiona una idea extendida en el debate público: la pobreza no se explica principalmente por la falta de empleo. Por el contrario, la mayoría de las personas pobres trabaja, pero lo hace en condiciones que no le permiten superar esa situación. Apenas una minoría se encuentra desocupada, mientras que más de la mitad está inserta en actividades como comercio, industria o construcción con ingresos insuficientes.
Este dato introduce un elemento clave para el análisis: el problema ya no es únicamente la generación de empleo, sino su calidad. De hecho, las personas en situación de pobreza trabajan, en promedio, más horas que quienes no lo están, lo que desarma la narrativa que asocia pobreza con falta de esfuerzo.
La evidencia sugiere que la precarización laboral funciona como uno de los principales motores de la pobreza estructural. En ese sentido, el desafío excede las políticas tradicionales y obliga a repensar el enfoque: sin una estrategia que combine formalización, mejora de ingresos, capacitación y reconocimiento de tareas invisibilizadas como el cuidado, el mercado laboral seguirá reproduciendo desigualdad en lugar de corregirla.
