18 de julio de 2026

La diferencia entre vivir y existir

Los argentinos estamos atravesando una etapa de la vida política y social que oscila entre la angustia y la resignación, en un mundo convulso en general y una vida individual alterada, con incertidumbre y sin proyectos que puedan consolidarse, lo cual lleva a reflexionar sobre la vida misma.

Por Jorge Rachid*

La elevada cantidad de suicidios es un dato de la realidad, tanto sanitaria de salud mental como sociológica del comportamiento, tanto empático como distópico en la inserción social de las personas, en cuanto a su comunidad, dado que el aislamiento en la multitud es doblemente doloroso.

Este artículo, que no quiere profundizar en el terreno psicológico, sino en el plano político, comienza con el interrogante de cómo pararse, con qué mirada y perspectiva ante los acontecimientos que a diario nos conmueven, tanto en afectación directa, en lo personal, como en el entorno en el cual desarrollamos nuestras vidas. Además, una lluvia de informaciones no siempre veraces, la mayoría sesgadas y manipuladas, mentirosas en muchos casos, que alteran profundamente nuestras emociones; es más, están destinadas a ese fin.

Es que el mundo que vivimos tiene poco que ver con el que conocimos, incluso en las jóvenes generaciones. Los cambios tienen una velocidad imposible de seguir al ritmo de los avances, con la imposición de hacerlo sí o sí, como una amenaza de “quedar fuera del mundo”, como si la virtualidad fuese el mundo real, con lo cual los afectos quedan lejos y las prioridades están fijadas fuera de nosotros mismos, generando una angustia que envuelve.

Es que está cambiando el orden internacional, lo que conlleva a cuestionar los mecanismos anteriores de relacionamiento, tanto económico como social.

Razón por la cual, la mirada que teníamos ya ha dejado de tener vigencia, no solo en cuanto a la mirada crítica como herramienta de construcción del pensamiento, sino también en la etapa actual de amor-odio, binaria y parecida al funcionamiento de las computadoras, móviles, chips, funcionamientos de maquinarias, pantallas múltiples y otros instrumentos que invaden la posibilidad de desplegar caminos propios en esa búsqueda permanente, que es la vida.

La diferencia entre vivir o existir radica en que el transitarla, como quien viaja en tren y se deja llevar, o quien viaja por su cuenta, destrabando caminos, abriendo huellas, modificando rumbos, alterando planes y proyectando por fuera del sistema que nos impone, desde el ritmo hasta los objetivos, que se viven como un encierro sin banquinas siquiera donde descansar de las exigencias del día a día —en los cuales hay que rendir examen de productividad, tanto intelectual como material—, en una carrera en la que el tener más reemplaza al ser más humano, solidario y comprometido; todos valores que intentan ser desplazados por el sistema en su afán colonizador.

El individualismo extremo del capitalismo financiero actual, brutal e inhumano, destruye la humanidad, tanto de los pueblos llevados a la diáspora social, promoviendo la lucha entre pares, caníbal y destructiva, mientras el poder se mantiene ajeno a la vista de las grandes mayorías. También afecta al ambiente, al propender al desarrollo extremo de los recursos del planeta, lesionando la Tierra en función del lucro y la mercantilización de la vida.

Transitar el existir una vida sin motivaciones es la base cultural dominante del colonialismo, de subordinar a los pueblos al control del “gran hermano”, desplegando todos los instrumentos posibles a ese fin, desde la medicalización de las sociedades hasta el espionaje interno con bases de datos sociales, usados a los fines represivos de la protesta social.

Colonizar no es solo el manejo colonial de la economía, barriendo la soberanía nacional, sino que su permanencia depende del control de la voluntad de la comunidad, que asuma el “síndrome de Estocolmo” como la naturaleza propia de la vida, que se va incorporando por decantación a las nuevas generaciones.

La determinación de confrontar la realidad es consecuencia de consolidar un pensamiento crítico, que motive las esperanzas y utopías propias y del pueblo, en un concepto llamado ideología, como conjunto de ideas que conforman nuestra mirada y nos permiten actuar en un mundo convulso, en un nuevo orden internacional, con personalidad propia de identidad nacional, que requiere la permanente consolidación de la memoria compartida del pueblo, esa que fija nuestra pertenencia.

Esa memoria pretende ser destruida por el enemigo colonizador, en general apuntalado por las élites locales que desconocen sus propios orígenes, por estar abocados en su construcción de poder y la acumulación de ganancias a cualquier costo social.

Una redistribución del esclavismo como práctica de utilización para la producción, que lleva, como en la actualidad en nuestro país, a la destrucción de todos los sistemas solidarios, desde los laborales, como mutuales, cooperativismo, empresas recuperadas, hasta las concepciones solidarias en salud y educación, afianzando la seguridad social como herramienta de construcción social que conjuga a la totalidad de los actores sociales hacia un fin común: la felicidad del pueblo y la grandeza de la nación.

Todo está en peligro hoy, ante el avance cultural dominante, con instrumentos económicos y sociales que lo afianzan.

Solo una comunidad organizada en el marco de una Patria Grande que nunca debió dejar de ser es el camino de construcción política que proyecte nuevas mayorías populares, logrando ese sincretismo entre diferentes, que define al movimiento nacional y popular, contradictorio por su composición, pero unívoco en su concepción de objetivos de Patria.

Es el desafío de vivir intensamente la existencia para construir futuro, en una etapa fundacional que estamos transitando, también en Argentina, como en el resto del mundo.

**Médico, cirujano y sanitarista

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