Javier Milei cruzó a Ricardo Darín por las empanadas: «Un operador berreta»
Lo que podría haberse interpretado como una crítica legítima y representativa del malestar social fue descalificado por el mandatario como un acto de “ignorancia” y “berretismo político”.

El presidente Javier Milei protagonizó este viernes un nuevo cruce polémico al atacar públicamente al actor Ricardo Darín, quien había expresado su preocupación por los altos precios en Argentina, utilizando como ejemplo el valor de una docena de empanadas.
La reacción del presidente se dio en dos fases. Primero, a través de una publicación en Infobae, donde, en tono técnico y cargado de sarcasmo, se refirió a Darín como “Ricardito” y agradeció “sus empanadas de sapo” para explicar un pasaje de su teoría sobre precios relativos y elasticidad de demanda. Luego, en una entrevista por streaming con Neura, redobló la ofensiva: “Se quiso hacer el nacional y popular y terminó demostrando ser un ignorante y un operador berreta”.
El enfrentamiento desató una ola de mensajes coordinados en redes sociales desde cuentas afines al oficialismo y hasta declaraciones del ministro de Economía, Luis Caputo, quien también descalificó al actor: “Me dio vergüencita ajena”, afirmó en una entrevista en LN+.
El episodio trasciende el nivel anecdótico: revela un estilo de gobierno que no tolera la crítica pública, incluso cuando proviene de figuras ajenas al ámbito político. Ricardo Darín no hizo más que expresar lo que muchos ciudadanos viven a diario: una pérdida del poder adquisitivo que convierte a productos tradicionales como las empanadas en bienes de lujo. Frente a eso, la reacción presidencial no fue aclarar políticas ni ofrecer argumentos, sino desacreditar y ridiculizar al emisor.
El uso de la ironía y el tono despectivo —con frases como “empanadas de sapo” o “Ricardito”— marca un patrón que se repite en la gestión de Milei: la personalización del debate y la hostilidad hacia quienes no comulgan con su visión económica. La crítica se transforma así en una amenaza, y el disenso, en un ataque que debe ser neutralizado mediáticamente.
Además, el hecho de que el propio presidente dedique tiempo y espacio a responder comentarios de un actor en lugar de abordar las preocupaciones de fondo que estos reflejan, pone en evidencia la fragilidad de la narrativa oficial ante el deterioro del humor social. En lugar de reconocer que una empanada a $4.000 —según el ejemplo citado por Darín— es un símbolo de la crisis inflacionaria, el Gobierno prefiere refugiarse en tecnicismos económicos o en agresiones ad hominem.
Este tipo de reacciones no solo erosionan el debate público, sino que también revelan una preocupación del oficialismo: que las críticas populares, sobre todo si provienen de figuras con credibilidad social, rompan el cerco narrativo. En otras palabras, Darín incomoda no por hablar de empanadas, sino por decir lo que una parte significativa de la sociedad siente.
La disputa entre Javier Milei y Ricardo Darín es más que una anécdota mediática: es un síntoma de la intolerancia del Gobierno a la crítica ciudadana y de su preferencia por el enfrentamiento antes que por la autocrítica. En un país donde los precios desbordan la capacidad de compra de millones, la descalificación de quienes lo señalan no resuelve el problema; lo agrava. En lugar de desacreditar al mensajero, tal vez el presidente debería empezar a escuchar el mensaje.
