Frigoríficos en fase crítica: pérdida de competitividad, despidos y riesgo de cierres en cadena
El sector parece ingresar en una fase de reconfiguración, donde la prioridad pasa por la supervivencia antes que por la expansión. Si no se modifican las variables que afectan la competitividad, el escenario proyectado incluye más cierres, concentración de la actividad y una contracción sostenida del empleo en una de las industrias históricamente más representativas del país.

El sector frigorífico argentino atraviesa una etapa de deterioro estructural que comienza a reflejarse con claridad en el empleo, la producción y la sustentabilidad de las empresas.
Referentes de la actividad advierten que la combinación de costos crecientes y pérdida de competitividad está empujando a la industria hacia un proceso de ajuste que podría profundizarse en el corto plazo.
Desde el ámbito empresarial, voces como la de Mariano Grimaldi, directivo de la firma Logros, plantean un diagnóstico contundente: el negocio exportador dejó de ser viable en las condiciones actuales. Esta afirmación no solo expone una coyuntura adversa, sino que anticipa una posible dinámica de cierres progresivos de plantas, lo que implicaría un cambio de escala en la crisis del sector.
El núcleo del problema radica en un desfasaje de costos frente a competidores regionales. El precio del ganado —principal insumo de la industria— se ubica por encima de los valores registrados en países del Mercosur como Brasil, Uruguay y Paraguay. A esto se suman variables macroeconómicas locales —tipo de cambio, presión impositiva y retenciones— que, en conjunto, erosionan la competitividad externa y reducen los márgenes del negocio.
El impacto ya se materializa en el plano laboral. En el caso de Logros, la eliminación de un turno de producción derivó en la desvinculación de más de 100 trabajadores, en su mayoría bajo modalidades contractuales flexibles. Este tipo de decisiones revela una estrategia defensiva por parte de las empresas: ajustar capacidad operativa para sostener la actividad mínima, aun a costa de reducir empleo.
Paralelamente, la menor actividad se traduce en recortes de jornadas productivas y en una creciente incertidumbre dentro de las plantas. La tensión financiera también se hace visible en la cadena de pagos, con un incremento de cheques rechazados y mayores dificultades para afrontar compromisos corrientes, lo que añade presión sobre la continuidad de las operaciones.
