15 de junio de 2026

El valor de la democracia, una mirada histórica

Este 2021 es, entre muchas cosas que lo caracterizan, un año electoral. Más allá del impacto que toda elección tiene en el oficialismo y la oposición, me resulta interesante observar cómo se han reafirmado, naturalizado, las formas democráticas. Los argentinos hemos llegado a comprender y respetar el ejercicio electoral que la democracia implica, aunque esa consolidación nos llevó muchos, muchos años.

María Cecilia Borscak* (Especial para La Pluma)

El siglo XIX vió el nacimiento y consolidación de la nación argentina. La independencia encontró a lo que había sido parte del Virreinato del Río de la Plata con cierta experiencia electoral (porque en todos los Cabildos los vecinos tenían derecho de voto para decidir sobre las cuestiones locales). Pero esa relativa participación popular en el gobierno no pudo consolidarse en medio de una época de guerras por la independencia primero y civiles después.

En tiempos de desorden y violencia, sin ideas políticas materializadas en partidos y con una población mayoritariamente analfabeta, pensar en una democracia como la entendemos hoy, era un imposible. Primero se unificó el territorio, se consolidaron poderes personales, se sentó un marco legal sobre el cual organizarse y recién entonces se comenzó a gobernar con un cierto respeto de las formas republicanas y democráticas. Y digo ‘cierto respeto’ porque quienes idearon nuestra Constitución consideraban que primero había que terminar de ordenar el Estado, educar al Soberano (el pueblo) y solo entonces la población estaría en condiciones de participar activamente del gobierno. Mientras tanto, el poder iba a quedar en manos de unos pocos que se sentían los únicos capacitados para ejercer el gobierno.

Ese nuevo orden político, que se prolongó por muchas décadas, comenzó a ser cuestionado a finales del siglo XIX cuando la Unión Cívica de la Juventud, luego Unión Cívica y finalmente llamada Unión Cívica Radical, comenzó a cuestionar lo arbitrario del ejercicio del poder, el fraude y el engaño electoral que el Partido Autonomista Nacional (PAN) ejercía.

Fue la lucha sentida de Leandro Alem, fundador del movimiento, la que comenzó a hacer tambalear un poder oligárquico como era el del PAN. Con intentos revolucionarios infructuosos, pero una lucha constante, los radicales sumaron el apoyo de sectores populares, de intelectuales, de descendientes de inmigrantes y hasta de terratenientes, que entendieron que ningún gobierno es verdaderamente legítimo si su autoridad no emana de la voluntad popular. El PAN había colocado a la economía Argentina entre las más florecientes del mundo, cubrió las pampas de líneas férreas, recibió a cuanto inmigrante necesitó cobijo. Pero todo eso no era suficiente si las elecciones no eran limpias.

En ese sentido, Argentina se adelantó varias décadas al reclamo que surgiría en otras naciones latinoamericanas. Tal fue la presión opositora, que fue el propio PAN, en la presidencia de Roque Saénz Peña, quien sancionó una ley electoral que garantizaba elecciones limpias y verdaderamente democráticas, gracias a las cuales el radical Hipólito Yrigoyen fue elegido presidente en 1916. Se sucederían allí unos años de gobierno popular, aunque vale mencionar que ese voto universal excluía a las mujeres del derecho al sufragio. Era lo propio de la época, recién a finales de la década Gran Bretaña y Estados Unidos legalizarían el voto femenino.

La experiencia democrática duró poco, porque en 1930 Yrigoyen, que había sido reelegido luego del gobierno de Alvear, fue derrocado por un golpe de Estado encabezado por el general Uriburu, iniciando una serie de intervenciones militares a lo largo de las décadas subsiguientes. Si bien el gobierno de Uriburu fue breve, el mismo abrió el camino para la llegada al poder del Partido Conservador, que a través del fraude electoral (cambiando urnas, amenazando o anulando elecciones) se sostuvo en el poder.

¿Cómo es posible que retornara el fraude, en una sociedad que lo había cuestionado durante décadas? Los años ‘30 fueron difíciles para el mundo occidental. Los efectos de la severa crisis económica, el avance de modelos políticos autoritarios y el desprecio social hacia los políticos, a quienes se veía incapaces de resolver los problemas sociales, contribuyeron a que la bandera de la lucha democrática quedara olvidada.

Paradójicamente, la restauración de las elecciones libres surgiría de un nuevo gobierno militar, la Revolución de 1943, de la cual emergería como la figura política dominante el, entonces, coronel Juan Domingo Perón. Su llegada a la presidencia en 1946 inauguró un periodo de elecciones limpias, donde el peronismo arrasaba. ¿Fue democrático el peronismo? Como sostiene el politólogo Guillermo O’Donnell, la democracia no se reduce al momento de votar, sino que implica un ciudadano con libertades plenas siempre. El peronismo no fue tolerante con sus opositores, el monopolio de los medios de comunicación, por citar un ejemplo, es un elemento que ensombrece la práctica democrática de aquellos años. Intolerancia que vista a la distancia resultaba innecesaria, contraproducente incluso, ya que el peronismo cultivó un apoyo masivo y genuino, que no hubiera necesitado silenciar a nadie para ganar la elección.

De modo que, hasta aquí, incluso en los períodos en que hubo elecciones libres, las mismas no llegaron a forjar formas consolidadas de democracia. Los radicales al no incluir el voto de las mujeres. El peronismo, aunque legalizó el sufragio femenino, por no respetar el espacio de la oposición. La Revolución Libertadora, que en 1955 derrocó a Perón, dio inicio a una etapa muy compleja, donde no solamente se anularon las elecciones, sino también muchas libertades individuales. Incluso en el breve período en que los argentinos pudieron votar, durante las presidencias de Frondizi e Illia, lo hicieron con la proscripción del partido peronista o la imposibilidad del regreso de su líder desde el exilio.

No sería hasta 1973 cuando las elecciones fueron restablecidas plenamente, sin proscripciones de partidos ni de candidatos. Lamentablemente para la Argentina, el retorno democrático se daba en un clima de violencia interna que debilitó a la clase política entera y en 1976, una vez más, las Fuerzas Armadas tomaron el poder con el fatídico Proceso de Reorganización Nacional. Las desapariciones, las torturas, la censura, la humillante derrota en la guerra de Malvinas, todo contribuyó al desprestigio de los militares que debieron convocar a elecciones, sin condicionamientos ni negociación alguna. El 30 de octubre de 1983 los argentinos fueron una vez más a votar, en un clima de mucha esperanza y con una conciencia plena del valor que ese acto tendría.

A partir de 1983 se inicia una etapa donde, aún con crisis profundas y momentos de inestabilidad, primó el orden democrático, las elecciones bianuales y a través de ellas, la aceptación de la voluntad popular. No fue perfecto. Alfonsín decidió adelantar la elección de su sucesor y la entrega del mando en el marco de una severísima crisis económica y política. Muchos candidatos elegidos para una función acabaron ejerciendo otros cargos, renunciando en plenas funciones o postulándose sin considerar asumir el cargo. No, no es perfecto. Pero el hecho de saber que cada dos años la ciudadanía entera tiene la posibilidad de ejercer su poder soberano y que esa voluntad será respetada es un enorme logro que no debemos dejar de valorar con perspectiva histórica.

*María Cecilia Borscak, licenciada y profesora de Historia. en los últimos años colaboró con diferentes medios gráficos (PerfilInfobaeLa NaciónEl Cronista, etc)

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