28 de abril de 2026

Cuando defender a Zamba es una lucha de trincheras entre el estigma del meme y el odio de clases

La batalla por la presencialidad en las escuelas de CABA, en plena pandemia, se da en el campo de la política. Pero la verdadera batalla no es política, sino cultural. Y es cultural porque invade lo simbólico, perpetuándose en las conciencias colectivas, sosteniendo y legitimando un discurso social. ¿Qué tiene de malo Zamba, el niño formoseño, protagonista de las historias de Paka-Paka? Nada. Pero, ¿Qué tiene de malo Zamba, el niño formoseño, protagonista de las historias del simbólico canal educativo si lo vestimos con ropa deportiva, corte rapado, y pistola en mano? Nada, o todo.

La doctora en Ciencias Sociales y docente de la UBA, Cora Edith Gamarnik, posteó la semana pasada en sus redes sociales una explícita defensa del “dibujito”, ante la circulación de un meme estigmatizante que según los propios dichos de la comunicadora no es otra cosa que “un ataque a varios pájaros de un tiro”.

En tal sentido, en los últimos días, en pleno debate por la presencialidad vs. virtualidad, las medidas presidenciales y la judicialización de las medidas presidenciales, Zamba fue bandera de quienes exigían -y exigen- que las escuelas permanezcan abiertas pese a la escalada de contagios por Covid-19 en el distrito más densamente poblado y más rico del país.

Pero Zamba, se sabe, es bandera y símbolo de los argentinos de piel marrón.

 Zamba está alejado de los estereotipos sociales, de las modas con acento en la claridad de los ojos; en el dorado de los cabellos; en los bajos niveles de melanina natural y en la posición social, educativa y económica. Zamba, está exento de la marca estigmatizadora de la clase. Carece del contraproducente odio de clase y por eso era necesario apropiárselo, hacer de él un estereotipo simbólico. Someterlo a un proceso reduccionista, simplista, para distorsionar aquello que representa. Poner el acento en esos atributos que no posee en detrimento de otros que si tiene.

Estereotipar a Zamba es estigmatizar a quienes son “invisibles”. Es hacer gala de ese prejuicio del odio, que un grupo social superior piensa de otro o de otros.

Esto, Gamarnik lo sabe y defiende a Zamba «como a una trinchera», por eso inicia su defensa con una aclaración: “No suelo compartir mensajes de odio porque en general es contraproducente, ayuda a darles más visibilidad. Pero hago una excepción en este caso porque me parece que vale la pena contrarrestar, contra-argumentar”.

“Circula este meme por las redes del odio y ataca a varios pájaros de un tiro. Ataca a un personaje como Zamba: querido, efectivo, símbolo de la valoración de la escuela pública. Un personaje dibujado como reconocimiento a los pibes morochos, rebeldes, inquietos que pueblan las escuelas públicas”, dice la educadora y redobla la apuesta al significar: “El meme revierte ese símbolo, se apropia de la defensa de la escuela para cargar su sentido de odio, de prejuicio de estigma, de discriminación. Odio sobre todo hacia los chicos y chicas del conurbano bonaerense”.

Cora Gamarnik cita el posteo realizado por Natalia Aruguete en Twitter y recuerda: “¿Por qué es tan efectiva la violencia discursiva? Porque configura estereotipos para demonizarlos; crea enemigos públicos fácilmente identificables; toma atajos cognitivos para explicarnos todo lo malo concentrado en una imagen que interpela nuestros prejuicios de manera visceral”.

Y recuerda: “Y Los estereotipos funcionan como una forma de violencia simbólica, una violencia en la cual se aceptan un conjunto de premisas tanto prerreflexivas como autoevidentes, “De todas las formas de persuasión clandestina –señala Bourdieu–, la más implacable es la ejercida simplemente por el orden de las cosas”. La dominación simbólica se vuelve sumamente eficaz y ejerce, a través de una de sus facetas, el estereotipo, una violencia suave e invisible: “es algo que se absorbe como el aire, algo por lo que no te sientes presionado; está en todas partes y en ninguna, y escapar de ella es muy difícil”.

Coincidentemente con el pensamiento de Gamarnik, Ame Canela se tatuó el «Zamba Turro» como señal de rebeldía y también escribió para el Colectivo Identidad Marrón respecto a la estigmatización del personaje y dijo: “Ese Zamba podría ser cualquiera de mis alumnos de Zabaleta, Soldati o el Bajo Flores, que me mandan audios diciéndome que de grande quieren trabajar para comprarse un auto, una moto, ayudar a sus familias. El arma agregada es parte del prejuicio institucional que percibe peligrosos estos pibes, que los margina y excluye. Que los instrumentalizan para el discurso político y no dudan en sacar su veneno social contra pibes marrones visibles”.

En algún momento, el conflicto presencialidad-virtualidad acabará pero quedará el discurso circulante, ese que pone el acento en los niños y niñas argentinas cuyo color de piel dista de ser el aceptado, porque la carga social y simbólica, es la de ese Zamba vestido con ropa deportiva con el arma en la mano, como un agregado dramático que violenta la imagen original, e indiscutiblemente la tacha de delincuencia.

Dice Ame Canela y con justa razón: “Soñamos con la posibilidad de que no sea un solo Zamba y que mucho otros tengan la posibilidad de existir sin cargar con un estigma que los juzgue por su ropa y color de piel”.

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