Celulosa Argentina: la crisis que paraliza plantas, amenaza empleos y deja en evidencia un modelo en jaque
La empresa justificó la decisión ante la Comisión Nacional de Valores (CNV) alegando un “marcado deterioro del capital de trabajo”, pero detrás de esa frase técnica se esconde una crisis estructural que pone en duda no solo la viabilidad de sus operaciones, sino también el futuro de cientos de puestos laborales.

Celulosa Argentina atraviesa uno de los capítulos más críticos de su historia centenaria. La emblemática papelera, controlada por Tapebicuá Investment Company, detuvo por completo la producción en sus plantas de Capitán Bermúdez (Santa Fe) y Zárate (Buenos Aires), manteniendo apenas tareas menores de mantenimiento.
El colapso no llegó de un día para otro. Desde abril, cuando contrató a la consultora VALO Columbus para diseñar una reestructuración financiera, la compañía venía enviando señales alarmantes: balances en rojo, compromisos financieros por u$s25 millones entre abril y junio, más del 56% de la deuda en el corto plazo y vencimientos que se tornaron impagables. En mayo, Celulosa cayó en default y un mes después presentó un ambicioso plan para refinanciar u$s128 millones, ofreciendo dos años de gracia en capital, intereses reducidos y subordinación de pagos al accionista mayoritario. Sin embargo, la propuesta sigue sin lograr la adhesión necesaria.
El tiempo, lejos de jugar a su favor, agrava la situación. Mientras la refinanciación permanece trabada, la empresa enfrenta un pedido de quiebra presentado en julio por Tecmaco Integral, uno de sus principales acreedores. El expediente avanza en el Juzgado Civil y Comercial N° 1 de San Lorenzo, y hasta ahora Celulosa no emitió respuesta pública. El plazo límite que la propia compañía había fijado para cerrar el acuerdo con los acreedores venció el 31 de julio sin resultados visibles, y la búsqueda de nuevos socios o inversores aparece más como una maniobra desesperada que como una estrategia sólida.
La incertidumbre golpea de lleno a la plantilla laboral. La paralización de las plantas no solo implica un freno productivo: es un anticipo de un escenario donde la continuidad operativa parece cada vez más improbable. La experiencia reciente del cierre del aserradero San Charbel en Corrientes, con despidos incluidos, refuerza la sensación de que la empresa está repitiendo un patrón de achicamiento irreversible.
Más allá de la coyuntura, la crisis de Celulosa desnuda problemas estructurales del sector industrial argentino: alta dependencia del financiamiento externo, vulnerabilidad ante ciclos económicos adversos y falta de capitalización. La papelera, que supo ser símbolo de producción nacional, hoy enfrenta el riesgo real de convertirse en un caso testigo de cómo la falta de previsión, el sobreendeudamiento y la tardanza en tomar decisiones estratégicas pueden llevar a una empresa centenaria a un colapso en cámara lenta.
Mientras tanto, la pregunta central sigue sin respuesta: ¿hay margen para salvar a Celulosa o el desenlace está escrito? Por ahora, la combinación de plantas paralizadas, default, juicios y ausencia de un plan claro marca un horizonte oscuro para la compañía y para cientos de familias que dependen de ella.
