A 73 años de una ley que rompió el paradigma político y dio derechos a las mujeres
El 23 de septiembre es una fecha bisagra de la democracia argentina y debería, su sola presencia, tener un lugar remarcado en cualquier calendario porque hace 73 años, una decisión política cambiaría el rumbo histórico de nuestro país. El voto femenino es una realidad en nuestro presente, pero también es un largo camino de sufrimiento, oposición, desigualdades y luchas.

Miles de mujeres marcharon al Congreso de la Nación el 9 de septiembre de 1947 para exigirle a los legisladores, la aprobación de la Ley de Sufragio Femenino, un proyecto que corría el riesgo de perder su estado parlamentario porque los representantes del pueblo, todos hombres, no lo habían sometido a la consideración del Congreso para que obtenga sanción, o no, en una de sus Cámaras durante el año parlamentario en que tuvo entrada en el cuerpo y tampoco en el siguiente, por lo que su caducidad era inminente.
Hasta aquella manifestación multitudinaria de mujeres comunes, amas de casa y trabajadoras, el proyecto de ley no había sido visibilizado como una oportunidad de otorgar derechos a las mujeres y mucho menos en su sentido de igualdad con el voto masculino, porque como se recordará, desde 1912, cuando se sancionó la Ley Sáenz Peña, el voto secreto, universal y obligatorio, habilitaba a sufragar únicamente a los hombres mayores de 18 años, nacidos en Argentina y residentes en por entonces, las 14 provincias del país.

Ese 9 de septiembre, con las mujeres en la calle y luego de un maratónico debate, la Cámara de Diputados de la Nación convirtió el proyecto del voto femenino en ley y le otorgó el número 13.010, ley que fuera conocida popularmente con “Ley Evita”.
Esto se debe a que la figura política más representativa detrás del mismo era Eva Perón. Juan Domingo Perón impulsaba una batería de más de cuarenta leyes encuadradas en lo que se denominó el Plan Quinquenal, un megaproyecto de planificación del Estado y entre esas leyes figuraba el sufragio femenino que los legisladores terminaron por aprobar no sin antes oponerse tenazmente.
La resistencia de los legisladores al proyecto giraba sobre dos ejes que nada tenían que ver con la democracia o con el ejercicio de ella, sino, sobre meros juicios de valor de profunda raigambre machista.
Uno de ellos afirmaba que la mujer no tenía una preparación suficiente para discernir y saber elegir a los representantes del pueblo porque su cosmovisión, su manera particular de ver, creer y entender el mundo que la rodea, estaba acotada a las tareas de la casa, al servicio de su marido y a la crianza de los hijos.
Mientras que una segunda postura aseguraba que el hombre era el pilar de la sociedad y por ende el sostén de la familia, el encargado de trabajar, proveer alimento, ropa y bienestar a sus hijos y por esas obligaciones, debía tener el derecho, único, de votar.

Sin embargo, ya no había retorno y la sanción de la Ley se debió a la presión de las organizaciones sociales y partidos políticos que exigían su aprobación. La ciudadanía se expresaba y miles de misivas llegaban a diario a los despachos de los legisladores pidiendo que el proyecto fuera tratado en el parlamento. Incluso personalidades de la cultura y del espectáculo se manifestaban a favor del voto femenino.
“La mujer puede y debe votar”, era el lema de cientos de mujeres que religiosamente escuchaban los discursos de Eva Perón, a quien consideraban la bandera de sus derechos.
“La mujer puede y debe votar, como una aspiración de los anhelos colectivos. Pero debe, ante todo, votar, como una exigencia de los anhelos personales de liberación, nunca tan oportunamente enunciados.”, decía Evita por radio y reafirmaba la lucha de las mujeres con: “Ha llegado la hora de la mujer que piensa, juzga, rechaza o acepta, y ha muerto la hora de la mujer que asiste, atada e impotente, a la caprichosa elaboración política de los destinos de su país, que es, en definitiva, el destino de su hogar”.

El 23 de septiembre de 1947, llegaría la promulgación de la Ley 13010. Ese día no fue un día común para la lucha de las mujeres, sino una celebración de la victoria. Eva Perón recibiría simbólicamente de manos de Juan Domingo Perón, un texto de la ley, en el balcón de la Casa Rosada, junto a Clara Borlenghi, y abajo, en la plaza, miles de mujeres escucharon emocionadas las palabras de Eva Perón como un regalo y una confirmación de sus derechos.
“Recibo en este instante de manos del Gobierno de la Nación la ley que consagra nuestros derechos cívicos. Y la recibo, ante vosotras, con la certeza que lo hago en nombre y representación de todas las mujeres argentinas, sintiendo jubilosamente que me tiemblan las manos al contacto del laurel que proclama la victoria”.
Victoria civil y democrática que se concretaría en las urnas el 11 de agosto de 1951, cuando tres millones y medio de mujeres, casi la mitad del padrón electoral, votaron por primera vez y según los datos históricos, el 64% de ellas eligió la fórmula Perón-Quijano.
El primer paso en la conquista de los derechos de las mujeres, se dio aquel 23 de septiembre de 1947, lo cual merece y obliga un repaso de la historia porque un acontecimiento de semejante valía es una bandera que flamea en el firmamento de la igualdad civil. No sólo por tratarse de un voto femenino que en definitiva vale lo mismo que uno masculino, sino porque es el símbolo más evidente que revaloriza y reposiciona el lugar de la mujer en la sociedad como un agente de cambio y construcción del pensamiento político.
