A 65 años del derrocamiento de Perón y el inicio de 2 décadas de proscripción
La Revolución Libertadora, cumple hoy 65 años. Recordar aquel alzamiento armado comandado por Eduardo Lonardi, Isaac Francisco Rojas y Pedro Eugenio Aramburu, como si se tratara de una lógica a ciegas, fruto de la romantización de la historia, es poco productivo sino no se menciona el génesis de un proceso sistemático que tiende a atomizar la impronta de la democracia, porque no soporta el fluir más significativo en la política argentina, representado en un movimiento popular llamado peronismo.

Habían pasado 3 meses y 7 días de los bombardeos en la Plaza de Mayo y aquel 23 de septiembre de 1955, asumía como presidente de los argentinos el General Eduardo Lonardi, acto con el que se completaría el círculo destitutorio de Perón y atrás quedaban inaudibles los gritos, el dolor intenso, la sangre derramada, el fuego convertido en cenizas, la muerte inútil de cientos de argentinos y la desolación del 16 de junio.
Precisamente, tres meses después de aquel bombardeo, el 16 de septiembre de 1955, en Córdoba, tuvo lugar el levantamiento cívico-militar que días después terminaría con el derrocamiento de Juan Domingo Perón. Un golpe de Estado, liso y llano, que para los románticos de la muerte se autoproclamó como “Revolución Libertadora”.
Una hora después de la medianoche, un grupo de militares sublevados tomó la Escuela de Artillería de Córdoba. Al frente de ese grupo se encontraba el General Eduardo Lonardi de 59 años quien ingresó al lugar al grito de “Dios es justo”, proclama para reconocer a los militares que estaban de acuerdo con el acto sedicioso. Y una vez hecho, la Escuela de Infantería fue atacada. Paralelamente, grupos de civiles que respondían a las órdenes del militar rebelde, coparon las radios cordobesas, y la toma más emblemática fue la de LV2, bautizada por entonces como “La Voz de la Libertad”.

En Curuzú Cuatiá el General Pedro Eugenio Aramburu, copaba los regimientos militares y el Almirante Isaac Rojas sublevaba a los hombres de la Marina en Río Santiago. El presidente Perón, al enterarse de los levantamientos le ordenó a su ministro Franklin Lucero que detuviera el ataque a las instituciones democráticas, sin embargo, aquel 16 de septiembre, el Poder ya no le pertenecía.
Una semana de negociaciones y otras guarniciones militares que se sumaban al golpe. Los rebeldes no volvieron sobre sus pasos y el llamado a defender la democracia que hizo Perón a las bases, no surtió efecto, por lo que con el correr de los días se asiló en la Embajada Paraguaya.
El Diario Clarín, sí, el gran diario argentino, publicaría en su tapa el 22 de septiembre “Es Total la Tranquilidad en el País”, en clara alusión al derrocamiento de Perón y sus consecuencias, y al acuerdo alcanzado entre militares y civiles que fogonearon el alzamiento. Bien visible, aparecía una semblanza del nuevo héroe que se había granjeado el Pueblo Argentino.
Su transparencia, fisonomía moral, firmeza de carácter y reciedumbre de la formación militar, eran los calificativos y elogios que derramaba esa tapa al referirse a quien al otro día asumiría como presidente provisional de la República, el General Eduardo Lonardi.
El 23 de septiembre, nuevamente Clarín se desharía en elogios a los generales golpistas y seducido por la usurpación al poder, se despacharía con el histórico titular: “Cita de Honor con la Libertad” y el aclaratorio “También para la República la noche ha quedado atrás”.
Claro, no lo hace mencionando a los civiles que apoyaron el levantamiento sino lo hace en nombre de la ciudadanía, al decir: “En Medio del Exultante Júbilo Ciudadano, asume hoy el nuevo presidente” o “Entusiasta y Embanderada Recibirá Buenos Aires al General Lonardi.
Y el día después, Diario La Nación, publicaba en tapa la foto de la asunción del gobierno militar, bajo el título: “En medio del indescriptible entusiasmo de la muchedumbre juró ayer el general Lonardi”.
A decir verdad, se notaba y mucho, el papel antidemocrático que jugaron los Medios hegemónicos en este asunto porque, montado sobre sus falencias, el movimiento justicialista trató de liberar tensiones pero la crítica situación económica del segundo mandato de Perón, profundizaron los problemas políticos y la oposición apuntó sus «cañones» en las medidas para paliar la crisis.
Los conflictos partidarios se agudizaron y la tensión social favoreció el reposicionamiento y recomposición de la alianza antiperonista, ligada a la burguesía porteña con vínculos en el capital extranjero; a los estudiantes universitarios que curiosamente se habían duplicado en ambas presidencias peronistas gracias al acceso impulsado por el gobierno, la iglesia Católica, algunos sectores medios de la sociedad, y por supuestos en las Fuerzas Armadas.
Lo demás, ya es parte de la historia. El 16 de septiembre de 1955, un nuevo golpe de Estado, autodenominado “Revolución Libertadora”, destituyó un gobierno constitucional de Juan Domingo Perón e impuso un gobierno provisional bajo el poder de las armas, no había marcha atrás y sus consecuencias las continuamos sufriendo hoy.
