Transición y poder: el futuro de las élites petroleras venezolanas tras la caída de Maduro
A pesar de contar con unas de las mayores reservas mundiales, los beneficios de la riqueza petrolera rara vez se reflejan en el bienestar de la población, en un contexto donde el control del petróleo ha sido siempre un instrumento de poder.

El negocio petrolero en Venezuela no puede entenderse solo a través de reservas, producción e inversión; está profundamente entrelazado con la política del país.
Con reservas distribuidas principalmente en la Faja del Orinoco y el lago de Maracaibo, todos los gobiernos venezolanos han construido su influencia en torno a la industria petrolera. La reciente intervención de EE.UU., que llevó a la captura y extradición de Nicolás Maduro, ha reavivado las incógnitas sobre quién controlará esas reservas y qué impacto tendrá esto en la vida cotidiana del venezolano.
Según analistas, la incertidumbre es total. Tiziano Breda señala dos posibles escenarios futuros: uno, que EE.UU. logre controlar las plataformas y condicione la inversión para beneficiar principalmente a las empresas estadounidenses, dejando pocos beneficios para la población venezolana; y otro, que las estructuras de poder chavistas se mantengan, con o sin Maduro, buscando defender la producción nacional en un marco de relación compleja con EE.UU.
Para atraer inversiones, las compañías internacionales necesitan certezas de seguridad, estabilidad y rentabilidad, condiciones que hoy parecen ausentes, especialmente tras las sanciones y la inestabilidad política. Solo las empresas ya presentes en Venezuela, como Chevron, Repsol y Eni, podrían considerarlo en el futuro cercano, pero la viabilidad de nuevas inversiones sigue siendo dudosa.
El dinero del petróleo, si se administra bien, podría mejorar la calidad de vida en Venezuela mediante la construcción de hospitales y escuelas, o, por el contrario, fortalecer clientelismos y sistemas opresivos. Desde Chávez, la industria petrolera se utilizó para sostener proyectos políticos, manteniendo la maquinaria en funcionamiento y canalizando ingresos hacia una élite que se ha beneficiado del statu quo.
Tras la caída en los precios del petróleo y las sanciones, la industria ha tocado fondo, pero ha sido suficiente para mantener a las élites económicas, políticas y militares satisfechas. La desconfianza en la oposición, en particular en figuras como María Corina Machado, refleja el temor de que una apertura a Estados Unidos beneficie solo a las élites y no a la población en general.
En el escenario geopolítico, China y Rusia han sido actores clave en la compra y transporte de crudo venezolano. Sin embargo, con el aumento de las presiones estadounidenses, el papel de estos países podría reducirse, obligando a Venezuela a buscar otros mercados, lo que elevaría los costos de exportación y complicaría su economía petrolera.
El control y el destino de las élites petroleras venezolanas tras Maduro dependerán en gran medida de la evolución del escenario político interno y de las relaciones internacionales. La historia reciente muestra que, sin una gestión transparente y orientada al bienestar social, el petróleo seguirá siendo una herramienta de poder en lugar de un motor de desarrollo para la mayoría de los venezolanos.
