Se profundiza el desgaste del gobierno de Javier Milei: la confianza pública cae a su punto más bajo
Los datos configuran un escenario de creciente fragilidad para la administración de Javier Milei. Más que un quiebre abrupto, lo que emerge es una pérdida progresiva de legitimidad, donde el deterioro ya no se explica por factores aislados sino por una acumulación de percepciones negativas que empiezan a consolidarse en la opinión pública.

El último relevamiento del Índice de Confianza en el Gobierno (ICG), elaborado por la Universidad Torcuato Di Tella, confirma una tendencia que ya no puede leerse como coyuntural: la sostenida erosión en la percepción pública de la gestión encabezada por Javier Milei.
En abril de 2026, el indicador registró su cuarta caída consecutiva y marcó un descenso mensual del 12,1%, el más pronunciado en lo que va del año.
Con un valor de 2,02 puntos, el índice no solo alcanza su nivel más bajo desde el inicio de la actual administración, sino que además evidencia una aceleración en la pérdida de respaldo, particularmente desde fines de 2025. La caída acumulada —tanto en la comparación interanual (-13,2%) como respecto de diciembre (-17,9%)— refuerza la idea de un deterioro persistente más que de fluctuaciones aisladas.
Si bien el oficialismo aún conserva una ventaja relativa frente a los niveles registrados durante la presidencia de Alberto Fernández en 2022, ese contraste resulta cada vez menos relevante como argumento político: la comparación con gestiones previas muestra que el actual nivel de confianza ya se ubica en valores similares —e incluso levemente inferiores— a los observados en momentos críticos del gobierno de Mauricio Macri.
El dato más significativo no es solo la caída general, sino su carácter transversal. Todos los componentes del índice retrocedieron, lo que sugiere un deterioro integral de la evaluación ciudadana. Incluso dimensiones que solían sostener al gobierno, como la percepción de honestidad, registraron retrocesos. Más pronunciado aún fue el desplome en la evaluación de la eficiencia, junto con una caída marcada en la valoración general de la gestión y en la percepción de orientación al interés público.
En términos sociales, la baja no distingue grandes segmentos: afecta tanto a hombres como a mujeres —aunque con mayor intensidad en los primeros— y se extiende a casi todos los grupos etarios, con la excepción parcial de los más jóvenes. Este último dato introduce un matiz, pero no alcanza a revertir la tendencia general.
A nivel territorial, el retroceso también es homogéneo. Ni siquiera las regiones que históricamente mostraron mayor afinidad con el oficialismo logran sostener niveles estables, mientras que el Área Metropolitana de Buenos Aires vuelve a exhibir los indicadores más bajos, reflejando un clima más adverso.
Las expectativas económicas continúan operando como variable clave: quienes aún proyectan mejoras mantienen niveles de confianza significativamente más altos, mientras que entre los sectores pesimistas el índice se desploma. Esta brecha sugiere que el sostén político del gobierno depende en gran medida de expectativas futuras más que de resultados concretos.
