Malvinas: Londres e Israel ya fijaron el inicio del saqueo petrolero mientras Milei guarda silencio
Mientras el Gobierno de Javier Milei concentra buena parte de su política exterior en el alineamiento con Estados Unidos e Israel, un hecho de enorme trascendencia para la soberanía argentina avanza sin una respuesta oficial: el inicio del proyecto petrolero Sea Lion en las Islas Malvinas, que será ejecutado por una empresa británica en asociación con la israelí Navitas Petroleum.

El contraste resulta llamativo. Durante el Mundial disputado en Estados Unidos, la polémica giró en torno a las denuncias sobre presuntas restricciones para exhibir banderas argentinas con las Islas Malvinas y a las declaraciones del propio Milei, quien calificó de «mononeuronales» a quienes reivindicaron el reclamo soberano tras un partido frente a Inglaterra.
Sin embargo, cuando la discusión dejó de ser simbólica para convertirse en una cuestión económica y geopolítica de enorme magnitud, el Gobierno optó por el silencio.
Tampoco hubo una reacción firme frente al paso de una fragata británica por aguas vinculadas al territorio argentino ni, mucho menos, ante el avance definitivo de un proyecto que puede modificar para siempre el escenario de la disputa por las islas.
Después de dos décadas de exploraciones, el yacimiento Sea Lion ingresó en su etapa de ejecución y comenzará la extracción de hidrocarburos en la Cuenca Norte de Malvinas. El emprendimiento está controlado en un 65% por la empresa israelí Navitas Petroleum y en un 35% por la británica Rockhopper Exploration, una alianza que promete transformar radicalmente la economía del archipiélago ocupado por el Reino Unido.
Las proyecciones económicas explican la relevancia estratégica del proyecto. Si la producción supera los 50.000 barriles diarios, los ingresos derivados del petróleo podrían cuadruplicar el Producto Bruto Interno de las islas, hoy estimado en alrededor de 400 millones de dólares anuales. Ese salto convertiría al petróleo en el principal sostén económico del enclave británico, desplazando incluso a la pesca, que actualmente representa cerca del 60% de la actividad económica local.
Las consecuencias políticas serían todavía más profundas. Una economía fortalecida por la renta petrolera reduciría cualquier incentivo británico para reabrir negociaciones de soberanía con la Argentina. En otras palabras, cuanto mayor sea la explotación de los recursos naturales del Atlántico Sur, más lejana quedará cualquier posibilidad de discutir el futuro de las Malvinas.
Pero existe un elemento adicional que introduce una fuerte contradicción en la política exterior del Gobierno nacional.
La empresa que liderará la explotación pertenece a Israel, país con el que Javier Milei construyó una de las relaciones diplomáticas más estrechas de su administración. Navitas Petroleum es presidida por Gideon Tadmor y tiene entre sus principales directivos a Yacob Katz, ex funcionario del Ministerio de Infraestructura, Energía y Agua del Estado israelí.
La participación de una firma israelí en la explotación de recursos naturales ubicados en un territorio cuya soberanía reclama la Argentina plantea interrogantes difíciles de responder. Si Buenos Aires sostiene desde hace décadas que toda explotación unilateral de recursos en Malvinas viola sus derechos soberanos, resulta inevitable preguntarse por qué esta cuestión no apareció en la agenda pública de la relación bilateral con Tel Aviv.
La imagen de cercanía entre Milei y el primer ministro Benjamín Netanyahu contrasta con la ausencia de cuestionamientos públicos hacia una iniciativa que beneficia económicamente a la ocupación británica del archipiélago.
El Gobierno tampoco explicó cuál será la estrategia diplomática frente a un escenario que amenaza con consolidar aún más la presencia británica en el Atlántico Sur. La explotación petrolera no representa únicamente un negocio energético; constituye un cambio estructural que puede alterar durante décadas el equilibrio político en torno a Malvinas.
Mientras Londres avanza en la consolidación económica del territorio y empresas israelíes participan activamente del proyecto, la administración argentina no exhibe una política visible para impedir el desarrollo de una actividad que históricamente denunció como ilegítima.
La discusión ya no pasa por una bandera en una tribuna ni por declaraciones en redes sociales. El verdadero debate es si la Argentina cuenta con una estrategia para defender sus recursos naturales y su reclamo de soberanía o si, por el contrario, observa en silencio cómo el Reino Unido fortalece su control sobre las Islas Malvinas mediante la explotación de uno de los mayores activos económicos del Atlántico Sur.
