9 de agosto de 2026

Los Diablos Rojos sufrieron más de la cuenta y rescataron un empate agónico ante un Egipto

Seattle tembló, pero Bélgica respiró. En un partido que parecía guionado para la sorpresa, los Diablos Rojos sacaron la casta y el oficio para arañar un empate 1-1 ante una Egipto que no se achicó y que tuvo contra las cuerdas a una de las favoritas del Grupo G.

El sueño egipcio empezó temprano. A los 20 minutos, el combinado africano encendió las alarmas en el estadio de Seattle. Mohamed Salah, el faraón del Liverpool, se vistió de mago y entregó una asistencia quirúrgica para que Emam Ashour la mandara a guardar. Golpe al hígado belga. Egipto soñaba, el mundo miraba incrédulo.

El equipo dirigido por Rudi Garcia tardó en encontrar los caminos, pero nunca perdió la fe. La llave la abrió un viejo conocido: Romelu Lukaku.

El gigante de 34 años entró desde el banco y, en su cumpleaños, les regaló a los suyos el empate. No hizo falta que él mismo empujara la pelota; su presencia fue tan demoledora que forzó el autogol de Mohamed Hany. El destino, caprichoso, le dio la igualdad a Bélgica en el minuto 66.

El resultado sabe a poco y a demasiado al mismo tiempo. A poco, porque Bélgica sigue siendo una máquina con nombres como De Bruyne o Doku. A demasiado, porque si no aparecía la leyenda Lukaku, hoy estarían llorando una derrota que huele a eliminación temprana.

El Grupo G quedó picante. Bélgica tendrá que sacar el martillo ante Irán para no vivir al borde del abismo, mientras que Egipto, con la frente en alto y el corazón en la mano, buscará su primer triunfo ante Nueva Zelanda. Esto recién empieza, y Seattle ya nos regaló un partidazo de esos que no se olvidan.

Bélgica no convence, pero sobrevive. Y en en un Mundial, a veces, sobrevivir es lo que cuenta.

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