La Dama y el Gigante, la historia de la chica que desafió a Google por una botella de agua
Su nombre es Shannon Wait y es la protagonista de una increíble historia. Es mujer, es inteligente, posee voluntad y pensamiento propio, y tiene un título universitario. Sin embargo un día, cuando estaba trabajando en uno de los Centros de datos de Google, la botella de agua que le diera la compañía se rompió y debido a que en el lugar hacía mucho calor, pidió otra. El subcontratista del buscador de internet se la negó y al otro día la despidieron.

Nunca imaginó que aquella injusticia la llevaría a pelear la madre de las batallas más desiguales contra una de las empresas tecnológicas de Silicon Valley más grandes y poderosas del mundo. No sólo salió gananciosa, sino que visibilizó toda una trama de abusos de poder a los que esas empresas someten a sus empleados gracias a las desregulaciones laborales en el país de las libertades, en Estados Unidos, donde ganan millones de dólares a costa del trabajo forzado y la intimidación.
Todo tiene un límite. Cuando ese límite se sobrepasa, puede desencadenar una cosa pequeña, un incidente que normalmente no importaría, pero ese no fue el caso de Shannon que llevó a una fase superior aquel momento de la botella rota y la negativa a recibir otra, pese a que su compañero, hombre, recibió una sin inconvenientes.
Ese momento desató una reacción en cadena que llevó a un anuncio la semana pasada: Google firmó un comunicado en el que dice que los empleados de la compañía tienen derecho a hablar sobre su salario y condiciones de trabajo entre ellos.
Esto podría parecer extraño en países como el nuestro donde se debaten los salarios a diario y el Estado participa de esas discusiones, las regula y consensua con los sindicatos los mismos, y puede o no gustarle a muchos pero es una garantía para los trabajadores, pero en Estados Unidos, no sucede gracias a un Estado desregulado y con la decisión en manos del mercado.
La historia de Shannon Wait y su lucha contra Google ponen en evidencia las prácticas directivas que se han convertido en algo habitual de las grandes empresas tecnológicas en el mundo y en especial en el país del norte.

Shannon, licenciada en Historia desde 2018, empezó a trabajar en un centro de datos de Google en Carolina del Sur en febrero del año siguiente. Por su trabajo percibe un salario de 15 dólares la hora. «Estás arreglando los servidores, lo que incluye cambiar discos duros, cambiar placas base, levantar baterías pesadas, de unos 13,6 kilogramos cada una», dice y agrega: «Es un trabajo realmente difícil».
El testimonio de Shannon tira por tierra la imagen que el común de la gente tiene de las oficinas de Google, las cuales tienen fama de ser creativas, alternativas y divertidas, con mesas de ping pong, snacks gratis y salas de música. Sin embargo, su descripción no suena idílica.
«La gente no está todo el día jugando como se ve en las películas. El centro de datos es completamente distinto», explica.
Shannon era una contratista en Google. Esto significa que, aunque trabajaba en un centro de datos de Google, en realidad estaba empleada por un subcontratista llamado Modis, parte de un grupo de empresas propiedad de otra firma, Adecco.
Ese complicado arreglo es muy común, no sólo en empresas como Google, sino en la mayoría de las gigantes tecnológicas, donde más de la mitad de las personas que trabajan allí son contratistas y eso dificulta saber quién es responsable de los errores directivos.
Shannon cuenta que, cuando estalló la pandemia, el trabajo se hizo más difícil. Aumentó el número mínimo de tareas a realizar por turno. Pero había una promesa. «Alrededor de mayo de 2020, Google anunció que manejaría la pandemia de forma honorable. Dijeron que iban a dar bonos a todos los empleados, incluidos los contratistas, que trabajaran en persona», relata.
«Llegó el momento en el que supuestamente íbamos a recibir el bono y no aparecía en nuestras cuentas bancarias. Empezamos a preocuparnos, ya sabes, decíamos ‘de verdad me vendría bien ese dinero extra'».
En torno a esa época, recuerda Shannon, los empleados empezaron a hablar entre ellos sobre el bono y la cantidad a la que tenían derecho. «Nos empezamos a preguntar unos a otros sobre el salario, pero cada vez que el tema salía delante de algún jefe se nos decía que no habláramos de eso». Shannon dice que incluso recibió un mensaje de un jefe que decía: «Nunca está bien hablar de la compensación con tus colegas».
Finalmente, Shannon recibió el bono, pero cuenta que ya estaba desilusionada. Porque en realidad esperaba recibir un trabajo a tiempo completo en Google. En lugar de eso, percibió una cultura de «perma-temps», personal temporal que nunca va a ser fijo por más que lo intente.

Un día, Shannon alcanzó lo que ella misma señala como su punto de quiebre.
«Hace mucho calor en los centros de datos, unos 29,5 ºC. Google me dio una botella de agua, pero la tapa se rompió». Cuenta que lo mismo le pasó a su colega, empleado a tiempo completo de Google, a quien le repusieron una botella nueva, pero a ella no. Frustrada con la dirección, se fue a casa y escribió una publicación de Facebook donde decía que ya había tenido «suficiente».
«Al día siguiente, estaba en el trabajo y me llamaron a una sala de reuniones con prácticamente todos los jefes presentes. Me dijeron que mi publicación de Facebook rompía el acuerdo de confidencialidad, que yo era un riesgo de seguridad y que tenía que entregar mi pase y mi computadora de inmediato y ser acompañada a la salida».
El Sindicato de Trabajadores de Alphabet (la empresa matriz de Google) fue establecido en enero de 2021 para empleados de Google. No está reconocido por la Junta Nacional de Relaciones Laborales, una agencia gubernamental independiente a la que a veces se alude como «sindicato de minorías». La vasta mayoría de empleados de Google no son miembros, pero Shannon lo era y el sindicato asumió su caso.
En febrero, presentaron dos demandas en su nombre bajo el amparo de las leyes contra prácticas laborales injustas. Una, que había sido suspendida de forma ilegal, por hablar sobre su apoyo a un sindicato. Y la otra, que sus jefes le habían pedido, ilegalmente, que no hablara de su salario.
El mes pasado, Google, Modis y el Sindicato de Trabajadores de Alphabet alcanzaron un acuerdo. La suspensión de Shannon se revocó y Google firmó un documento en el que dice que sus empleados «tienen derecho a hablar sobre salarios y condiciones laborales».
Fue una victoria para Shannon y para el recién formado sindicato. «La gente que trabaja en almacenes y centros de datos para estas empresas de billones de dólares está cansada de que se pisoteen sus derechos más pequeños. Y se dan cuenta de que las empresas no están escuchando a sus empleados. Así que les vamos a obligar a hacerlo», -dice Shannon- «Creo que una de las cosas más importantes es que la gente sepa que no todos los empleados de Google tienen un salario de seis cifras, y que incluso en el nivel más bajo de Google, los trabajadores tienen mucho poder, mucho más poder del que se dan cuenta».

