Javier Milei banalizó la represión a jubilados: «Estamos bañando gente»
«Hoy estaba hablando con la ministro que me contó que hicieron una descarga e iban por otra, y entonces le dije ‘bueno, estamos bañando gente'», se burló el presidente. La distancia entre el poder y la realidad social no solo erosiona la sensibilidad democrática, sino que consolida un modelo de gobierno que responde al conflicto con gas, agua y desprecio.

La represión que cada miércoles se despliega frente al Congreso contra jubilados que reclaman por el deterioro de sus ingresos sumó un nuevo y preocupante capítulo: las burlas del propio presidente Javier Milei.
Lejos de mostrar empatía o preocupación institucional por el uso de la fuerza estatal, el mandatario ironizó públicamente sobre los operativos de seguridad y el accionar represivo, naturalizando una violencia que tiene como principales víctimas a adultos mayores.
Durante una entrevista en el canal Carajo, Milei se refirió en tono jocoso al uso de camiones hidrantes y gases lacrimógenos contra manifestantes. Sus declaraciones, acompañadas de risas y complicidad ideológica con sus interlocutores, redujeron la represión a un chiste, incluso después de que un jubilado de aproximadamente 70 años resultara afectado por gases lanzados por fuerzas federales en las inmediaciones del Congreso.
El episodio ocurrió mientras se debatían en el Parlamento reformas impulsadas por el propio Gobierno, medidas que impactan directamente en los ingresos y derechos de jubilados y trabajadores. En ese contexto, la protesta social aparece como una respuesta lógica frente al ajuste, pero el Ejecutivo opta por un abordaje exclusivamente represivo, legitimado discursivamente desde la cima del poder.
Las expresiones del Presidente no son un hecho aislado, sino parte de una narrativa que deshumaniza la protesta y construye al manifestante —incluso al jubilado— como un enemigo al que se puede ridiculizar. La referencia liviana al accionar de la ministra de Seguridad y la celebración del “baño” con agua a los manifestantes refuerzan una mirada que trivializa el sufrimiento físico y simbólico de quienes reclaman.
La gravedad de estas declaraciones se amplifica al considerar el contexto reciente: el fotógrafo Pablo Grillo continúa recuperándose tras haber sido herido por el impacto de un cartucho disparado por Gendarmería. Mientras la violencia institucional deja consecuencias concretas, el Presidente elige el sarcasmo en lugar de la responsabilidad política.
En una democracia, el uso de la fuerza estatal debería ser un último recurso y estar sujeto a control y rendición de cuentas. Cuando el jefe de Estado se burla de la represión, no solo avala esos métodos, sino que envía un mensaje inquietante: que el dolor de los sectores más vulnerables puede convertirse en material de burla.
