5 de enero de 2026

Intervenciones bajo pretextos falsos: el patrón histórico de EE. UU. y el costo real para los países invadidos

A lo largo de las últimas décadas, varias intervenciones militares de Estados Unidos fueron justificadas públicamente con argumentos que, con el paso del tiempo, fueron cuestionados o directamente desmentidos por investigaciones oficiales, documentos desclasificados y análisis independientes.

Irak, Afganistán, Libia, Vietnam y Panamá aparecen como casos paradigmáticos de un patrón recurrente: razones de seguridad o defensa humanitaria que encubrieron intereses estratégicos, económicos o geopolíticos, con consecuencias profundas para los países afectados.

El caso de Irak, invadido en 2003 bajo la premisa de la existencia de armas de destrucción masiva, se convirtió en el ejemplo más evidente de esta dinámica. Años después, quedó demostrado que dichas armas no existían.

Sin embargo, la invasión permitió a empresas energéticas y contratistas extranjeros acceder a uno de los mayores reservorios de petróleo del mundo, mientras el Estado iraquí quedó debilitado y el país sumido en una prolongada inestabilidad. El beneficio económico se concentró fuera de Irak; el costo humano y político quedó dentro de sus fronteras.

En Afganistán, la invasión inicial tras los atentados del 11 de septiembre de 2001 contó con respaldo internacional, pero la ocupación prolongada y el intento de rediseñar el Estado fueron perdiendo legitimidad.

Aunque no se trataba de un país petrolero, su ubicación estratégica y su riqueza mineral —incluidos recursos clave como el litio— reforzaron el interés geopolítico. Tras dos décadas de guerra, EE. UU. se retiró sin haber logrado estabilidad, dejando un país devastado y confirmando que la intervención no respondió únicamente a objetivos de seguridad.

Libia representa otro punto crítico. La operación de 2011 se amparó en la necesidad de proteger a la población civil, pero derivó en el derrocamiento de Muamar Gadafi, un objetivo que excedía el mandato original de la ONU.

El resultado fue la fragmentación del Estado libio, la pérdida de control sobre sus recursos petroleros y la apertura de un escenario de caos que aún persiste. Mientras tanto, actores externos ganaron influencia económica y estratégica.

Incluso en contextos históricos distintos, como Vietnam o Panamá, el patrón se repite. En Vietnam, el incidente del Golfo de Tonkín —luego desacreditado— sirvió como detonante para una guerra que fortaleció al complejo militar-industrial estadounidense sin aportar beneficios reales a la población vietnamita.

En Panamá, la invasión de 1989, justificada en la lucha contra el narcotráfico, aseguró el control político y estratégico de una vía comercial clave: el Canal.

El denominador común de estos casos no es solo la fragilidad de los argumentos iniciales, sino el resultado final: Estados debilitados, soberanías erosionadas y sociedades marcadas por la violencia y la inestabilidad. Los recursos estratégicos —petróleo, minerales o rutas comerciales— no quedaron en manos de las poblaciones locales, sino que pasaron a beneficiar a intereses externos, principalmente corporativos y geopolíticos.

Estas intervenciones plantean un debate central sobre el orden internacional y la aplicación selectiva del derecho internacional. Mientras se invocan principios como la seguridad global o la protección de civiles, las consecuencias reales muestran una asimetría clara entre quienes deciden la guerra y quienes pagan su precio.

La historia reciente sugiere que, más allá del discurso oficial, las intervenciones militares de EE. UU. han respondido con frecuencia a intereses estratégicos propios, dejando como saldo países fragmentados y un legado de desconfianza que sigue condicionando la política global.

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