Escuela de Verano “Diálogos Nuevos en Política” como apuesta a reconstruir el diálogo democrático
Con una amplia convocatoria y un fuerte contenido reflexivo, se presentó en Santiago del Estero la Escuela de Verano “Diálogos Nuevos en Política”, una iniciativa que propone abrir un espacio de pensamiento estratégico y formación colectiva frente a la crisis del diálogo democrático y la fragmentación social. El acto se realizó en el salón de conferencias de un hotel céntrico de la ciudad Capital.

La presentación estuvo a cargo de la magíster Adriana Medina, el doctor Martín Díaz Achaval y el escribano Gustavo Darchuk, referente del espacio Unidad y Federalismo, fue moderada por el licenciado Diego Ramos.
Participaron representantes del Centro de Estudios para el Desarrollo y la Integración (CEDI), Unidad y Federalismo, República Modelo, la Universidad Popular “Paulo Freire”, el Seminario de Formación Teológica “Centro Gramsci”, organizaciones sociales como MOCASE y Martín Fierro (Corriente Nacional), la Juventud del PJ, clubes deportivos, académicos y ámbitos universitarios.
El lanzamiento de la Escuela se inscribe en un contexto atravesado por la crisis de los consensos básicos, el debilitamiento del espacio público y la erosión de los sentidos compartidos de la política. A lo largo de las intervenciones, se destacó la necesidad de reconstruir lo común frente al avance del individualismo, la polarización y la lógica de la confrontación permanente.
En su exposición, Martín Díaz Achaval planteó una redefinición profunda del concepto de diálogo, alejándolo de su uso meramente retórico o instrumental. Sostuvo que dialogar no implica imponer ni negociar superficialmente, sino reconocer al otro como sujeto político, en un acto que exige escucha, respeto y aceptación de la diferencia. En una sociedad marcada por el individualismo extremo, el diálogo —afirmó— se vuelve un gesto contracultural, capaz de desafiar la lógica del enemigo y los monólogos cerrados.
Díaz Achaval subrayó que la construcción comunitaria requiere salir del encierro identitario y comprender, sin justificar, los miedos y malestares que atraviesan a quienes piensan distinto. El desafío no radica en abandonar las convicciones, sino en aprender a procesar el conflicto de manera democrática, evitando que la lógica de la confrontación colonice todos los ámbitos de la vida social.
Por su parte, Gustavo Darchuk aportó una mirada estructural sobre la transformación del conflicto político en la era digital. Señaló que el principal problema ya no es la existencia de contradicciones —propias de toda democracia— sino la incapacidad de procesarlas colectivamente en un ecosistema dominado por la economía de la atención y las plataformas digitales. En este marco, advirtió que la sociedad actual se acerca más a una “sociedad de la desinformación”, donde la verdad pierde centralidad frente a narrativas emocionalmente rentables.

Darchuk alertó sobre la naturalización de la mentira y la fragmentación en burbujas simbólicas que refuerzan identidades tribales, debilitan el consenso sobre la realidad compartida y erosionan las bases del debate democrático. Según explicó, este escenario ha sido capitalizado por las derechas radicales, que transforman el enojo y la frustración social en representación política.
Como respuesta, propuso fortalecer una educación popular renovada que incorpore la alfabetización digital crítica, no solo para aprender a usar tecnologías, sino para comprender cómo operan los algoritmos y cómo influyen en las subjetividades, las emociones y los conflictos políticos.
Finalmente, Diego Ramos articuló estos planteos con una reflexión sobre la crisis del proyecto civilizatorio moderno y sus promesas incumplidas de igualdad, progreso y participación. En un mundo atravesado por la incertidumbre y la pérdida de seguridades, advirtió sobre el riesgo de una “ficción democrática”, donde existen instituciones formales pero se debilita la participación real de la ciudadanía.
En ese sentido, destacó la necesidad de pensar las ciudadanías en plural, reconocer nuevas formas de participación y el papel central de las mujeres en la redefinición del escenario político. El desafío, concluyó, es construir un “nosotros” más amplio, capaz de articular territorios, saberes populares y espacios académicos, y avanzar desde el diagnóstico hacia una hoja de ruta común para la acción colectiva.
