El legado reformista de Francisco: un pontificado que transformó la Iglesia desde sus cimientos
Desde su elección en 2013 hasta su fallecimiento en 2025, Jorge Mario Bergoglio —primer pontífice latinoamericano y jesuita— lideró una transformación profunda del Vaticano y de la estructura eclesial, impulsado por una visión pastoral comprometida con los grandes desafíos del mundo moderno y una convicción de hierro: la Iglesia debía cambiar desde adentro para seguir siendo relevante.

El papado de Francisco será recordado como uno de los más reformistas y disruptivos en la historia contemporánea de la Iglesia Católica.
Francisco no limitó su rol al ámbito religioso. Fue un Papa global, con una marcada sensibilidad social. El hambre, la pobreza, la migración forzada, el cambio climático, la pandemia de Covid-19 y la guerra en Ucrania fueron solo algunas de las crisis ante las que intervino, tanto con mensajes contundentes como con gestos simbólicos.
Cada viaje apostólico —incluidos los realizados a zonas afectadas por la violencia como la República Democrática del Congo o Sudán del Sur— fue una oportunidad para conectar el mensaje evangélico con los dolores del presente.
Opuesto a toda forma de guerra y violencia, Francisco condenó de forma reiterada el uso del nombre de Dios con fines fanáticos. Abogó, en cambio, por el diálogo interreligioso y la cooperación entre credos como camino hacia la paz y el bien común.
Reformar la Iglesia desde adentro: el corazón de su pontificado
Sin embargo, si hubo un eje central en su papado, fue el de la reforma interna de la Iglesia. Francisco entendió desde el inicio que los escándalos financieros, los abusos sexuales y la estructura excesivamente clericalizada debilitaban gravemente la credibilidad moral del catolicismo. Por eso, emprendió un proceso de cambio institucional profundo que le valió elogios y resistencias por igual.
Uno de sus gestos más claros de austeridad fue su decisión de no vivir en el tradicional Palacio Apostólico, sino en la residencia de Santa Marta. No fue un símbolo vacío: representaba su visión de una Iglesia menos centrada en el poder y más cercana a la gente.
En ese espíritu, en marzo de 2022 entró en vigencia la nueva Constitución Apostólica Praedicate Evangelium, fruto de más de nueve años de trabajo junto a un consejo de cardenales. Este documento de 54 páginas reemplazó a la normativa vigente desde 1988 y abrió la posibilidad de que cualquier persona bautizada —incluidas mujeres y laicos— pueda dirigir departamentos vaticanos, hasta entonces reservados a clérigos de alto rango. Fue un golpe certero al clericalismo y una apuesta por una Iglesia más inclusiva y participativa.
Además, reforzó los mecanismos de control financiero y estableció protocolos más estrictos para prevenir nuevos casos de abuso sexual, una herida abierta que comprometía el testimonio cristiano a nivel global.
Un pontificado en movimiento
El compromiso de Francisco no se limitó a las estructuras. A lo largo de su pontificado realizó 45 viajes apostólicos al exterior, recorriendo los cinco continentes, con especial énfasis en regiones históricamente olvidadas por el Vaticano. En su última gran gira internacional, pasó doce días visitando países del sudeste asiático y Oceanía, demostrando, incluso en sus años más frágiles, su empeño en una Iglesia «en salida», como le gustaba definirla.
Su incansable labor internacional y su cercanía con los pueblos también se expresó en sus gestos cotidianos y sus homilías, siempre centradas en la misericordia, la fraternidad y la esperanza.
Una reforma que deja huella
Francisco no transformó la Iglesia sin costos. Su enfrentamiento con sectores conservadores fue constante y, en ocasiones, áspero. Pero logró lo que pocos pontífices se atrevieron siquiera a intentar: cuestionar el modo en que la Iglesia se organiza, se comunica y ejerce su autoridad.
Su legado se proyecta más allá de su muerte. Las semillas que sembró —mayor transparencia, inclusión de mujeres, descentralización del poder, compromiso con los pobres y con el planeta— son ya parte del ADN de una nueva etapa en la Iglesia Católica.
Al final de su vida, Francisco logró que el Evangelio volviera a resonar en las periferias del mundo y en el corazón de las instituciones. Y con ello, dio un paso decisivo hacia una Iglesia más fiel a su misión original: ser casa de todos, especialmente de los últimos.
