El informe de la UCA señaló que casi 7 de cada 10 jóvenes están desocupados, inactivos o en la informalidad en Argentina
El mercado laboral argentino expone una realidad cada vez más difícil para las nuevas generaciones: acceder a un empleo formal, estable y con derechos se convirtió en una posibilidad limitada. Apenas el 14,2% de los jóvenes de entre 18 y 25 años consigue insertarse en un trabajo que reúna condiciones de protección y estabilidad, mientras que cerca del 70% permanece fuera del empleo formal, ya sea por desempleo, inactividad o informalidad.

Los datos surgen del último informe del Observatorio de la Deuda Social Argentina de la UCA, “Juventudes desiguales: entre la promesa y la exclusión”, correspondiente al período 2021-2025. El estudio deja en evidencia que la crisis laboral juvenil no afecta a todos por igual: el origen social continúa funcionando como un factor determinante para definir quién puede estudiar, trabajar y proyectar una vida independiente.
La brecha es particularmente visible en el acceso al empleo de calidad. Mientras el empleo regular alcanza al 38,9% de los jóvenes pertenecientes al estrato medio alto, la proporción cae al 19,7% entre quienes se encuentran en el estrato socioeconómico muy bajo. En los sectores más vulnerables, además, se concentran los mayores niveles de desempleo prolongado y trabajos inestables.
La desigualdad tampoco comienza cuando los jóvenes buscan su primer empleo. Se construye mucho antes, en las oportunidades educativas disponibles. El informe muestra que el 69% de los jóvenes del estrato medio alto inició o completó estudios superiores, frente a menos del 10% entre los pertenecientes al estrato muy bajo. En este último grupo, el 64,7% ni siquiera logró completar la escolaridad obligatoria.
El resultado es una transición hacia la adultez profundamente desigual. Para algunos jóvenes, estudiar, capacitarse y postergar el ingreso al mercado laboral puede ser una estrategia posible; para otros, trabajar tempranamente se convierte en una necesidad. La independencia económica, la formación profesional y hasta la posibilidad de formar una familia quedan así condicionadas por el punto de partida social.
Uno de los indicadores más preocupantes es el de los jóvenes que no estudian ni trabajan. A nivel nacional, representan el 20,7% de los jóvenes analizados. Sin embargo, detrás de ese promedio existe una brecha social contundente: la proporción asciende al 34,2% en el estrato muy bajo, mientras que se reduce al 8,3% entre los jóvenes de sectores medios altos.
La posibilidad de dedicarse exclusivamente a estudiar también aparece distribuida de manera desigual. Mientras alcanza al 41,2% de los jóvenes de mayores ingresos, apenas llega al 15,6% entre quienes se encuentran en la base de la estructura social. La educación, que debería funcionar como una herramienta para reducir desigualdades, termina condicionada por ellas.
El informe introduce, en este sentido, la idea de una verdadera “herencia social”. Las condiciones laborales de los adultos del hogar influyen directamente sobre las oportunidades de los jóvenes. En los sectores bajo y muy bajo, la posibilidad de dedicarse exclusivamente al estudio cae del 27% al 16,5% cuando el principal sostén familiar pasa de contar con un empleo pleno a encontrarse en situación de subempleo o desempleo.
Pero el problema es aún más profundo: incluso cuando los padres cuentan con un empleo formal y protegido, esa condición no necesariamente consigue neutralizar las desventajas acumuladas por pertenecer a hogares de menores recursos. La desigualdad, por lo tanto, no se limita a la falta de ingresos: también determina capacidades, expectativas y oportunidades futuras.
Las consecuencias exceden el terreno económico. El deterioro de las perspectivas laborales y educativas repercute sobre el bienestar psicológico y las relaciones sociales. El malestar psíquico alcanza al 28,5% de los jóvenes del estrato muy bajo, frente al 15,5% del medio alto. A su vez, la ausencia de vínculos de amistad afecta al 15,7% de los jóvenes de los sectores más postergados, frente al 1,7% entre los de mayores recursos.
El panorama se vuelve todavía más complejo si se considera que el 85,5% de los jóvenes de entre 18 y 39 años llega al día 20 del mes sin dinero disponible. La falta de margen económico no solo limita el consumo: también reduce la capacidad de ahorrar, independizarse, capacitarse y construir proyectos de largo plazo.
Los datos de la UCA plantean así una pregunta que excede las estadísticas: ¿qué futuro puede construir una generación cuando el acceso a la educación, al empleo formal y a la autonomía depende cada vez más del hogar en el que nació?
La respuesta exige superar las políticas fragmentarias. Reducir la deserción escolar, ampliar el acceso a la educación superior, generar empleo formal y mejorar los ingresos de los hogares son componentes necesarios, pero insuficientes si no forman parte de una estrategia integral. La evidencia sugiere que la crisis de las juventudes argentinas no es solamente laboral: es educativa, económica, social y también psicosocial.
El principal riesgo es que la precariedad deje de ser una etapa transitoria y se convierta en el destino permanente de una parte importante de la juventud. Si las oportunidades continúan distribuyéndose según el origen social, la promesa de movilidad ascendente pierde fuerza y la desigualdad comienza a reproducirse de una generación a otra.
