El desempleo empuja a más de un millón de personas a las apps: auge de plataformas y precariedad
El avance del trabajo en plataformas expone una paradoja estructural. Funciona como válvula de contención frente al desempleo, pero al mismo tiempo consolida formas de inserción laboral más precarias. Sin marcos regulatorios claros, el modelo combina flexibilidad con desprotección, y convierte a estas aplicaciones en un indicador sensible de la crisis: su expansión no refleja dinamismo económico, sino la retracción del empleo de calidad.

El deterioro del mercado laboral está reconfigurando las estrategias de subsistencia en Argentina. Con una desocupación que trepó al 7,5% en el último trimestre de 2025 —el nivel más alto para ese período desde la pandemia—, el trabajo en plataformas digitales dejó de ser una opción marginal para convertirse en un refugio masivo, aunque cada vez más frágil.
Servicios de transporte y reparto operados por aplicaciones se consolidaron como una vía de ingreso inmediata para quienes pierden su empleo o necesitan complementar salarios. Sin embargo, detrás de esa expansión —que ya supera el millón de trabajadores— se esconde un esquema atravesado por la informalidad, la falta de regulación y una transferencia sistemática de costos hacia los propios trabajadores.
El crecimiento del sector no responde tanto a su atractivo como a la ausencia de alternativas. La incorporación de cientos de miles de personas diluye las oportunidades de ingresos: cuanto más se expande la oferta de mano de obra, menor es la rentabilidad individual. Así, lo que inicialmente aparece como una salida rápida se transforma en un circuito de ingresos inestables y cada vez más exigentes.
Los datos del sector reflejan esta dinámica. Se estima que alrededor de 200 mil personas trabajan en reparto y cerca de 900 mil en transporte. Las propias plataformas exhiben cifras de expansión sostenida, confirmando que el fenómeno avanza al ritmo de la pérdida de empleo formal.
Pero el crecimiento tiene un costo. Para alcanzar un ingreso que cubra gastos básicos, los repartidores deben sostener niveles de actividad intensivos, con jornadas que se extienden entre 10 y 12 horas diarias durante casi toda la semana. A esto se suman gastos operativos —combustible, mantenimiento, conectividad— que reducen significativamente los ingresos reales.
En el transporte de pasajeros, la situación no es muy distinta. Aunque los ingresos brutos pueden equipararse a los de un empleo formal, la ausencia de cobertura social y los costos asociados al vehículo erosionan la rentabilidad. Además, más de la mitad de los conductores necesita otro trabajo, lo que evidencia la insuficiencia de esta actividad como fuente principal de sustento.
El perfil de los trabajadores también desarma ciertos supuestos: lejos de tratarse únicamente de empleo de baja calificación, una proporción significativa cuenta con estudios superiores y la participación femenina crece por encima de la del transporte tradicional.
