24 de abril de 2026

«El barrio quedó inundado de oscuridad», el recuerdo de los fotógrafos del 11-S

Las fotos son testimonios. Y aquella jornada del 11-S tiene muchos testimonios latentes en las instantáneas, y muy vivos en la voz reflexiva de los testigos involuntarios que estaban detrás de las lentes de las cámaras. Los fotógrafos del NYTimes cuentan lo que sintieron aquel fatídico día de 2001. Emoción e impotencia, valor y reconocimiento en las fotografías del horror. Ellos cubrían los ataques y sus secuelas, un trabajo que les valdría el premio Pulitzer por fotografía de noticias de última hora en 2002.

Dos décadas después, la iniciativa del NY Times, publica las reflexiones de los integrantes de su Staff de Fotógrafos, Ruth Fremson, Kelly Guenther, Ángel Franco, Andrea Mohin, Krista Joy Niles, Paul Hosefros y Suzanne DeChillo, quienes cuentan qué sintieron y qué les costó captarlas, y en ese sentido, Ruth Fremson, recordaría aquella fatídica jornada del 11-S como una escena surrealista e inundada de oscuridad ante sus ojos y metafóricamente compara el polvo flotante en el ambiente como una lija que le recorría la garganta.

“Escuché un estallido de vidrios y una voz que gritaba entre la penumbra de la nube de la caída de la primera torre. Me arrastré desde la parte inferior del vehículo de emergencia donde me había refugiado y llegué hasta la voz, dentro del Stage Door Deli, en la calle Vesey. Era una escena surreal: bomberos, policías y unos cuantos civiles avanzaban a tropezones, recuperando el aliento, escupiendo el lodo que les llenaba la boca, iluminados por el resplandor siniestro de la vitrina que contenía las carnes frías y quesos para los sándwiches del día. El oficial Richard Adamiak se agachó, tosiendo. En el fondo de la foto está la entrada de la tienda de delicatessen. Debería verse la brillante luz solar que entraba a chorros en esa hermosa mañana de septiembre. Pero el barrio quedó inundado de oscuridad”.

La fotógrafa dice: “El tiempo se contrae cuando recuerdo y vuelvo a estar debajo de un vehículo de emergencia, en total oscuridad con lo que parecía una lija recorriéndome la garganta. Luego salgo disparada a Pakistán y Afganistán, a la segunda Intifada y a la guerra de Irak y de regreso a Estados Unidos. Ver con cada vez más consternación cómo se desarrollan los acontecimientos alrededor de la retirada de tropas ha activado mis recuerdos —de amigos perdidos, de esfuerzos en apariencia inútiles— y me pregunto: ¿Todo ha sido en vano?”

“Intento no pensar en ese día”, dice Ángel Franco y asegura: “Fui testigo del horror de la pérdida de los neoyorquinos: mamás y papás trabajadores, hijos, hijas, amigos. Tengo pesadillas. No dormir bien se ha vuelto la norma desde el 11 de septiembre. La imagen de la mujer congelada en el tiempo mientras reacciona a la caída de la primera torre del World Trade Center”.

“Estaba mirando NY1 cuando vi un avión que se había estrellado en el World Trade Center. Agarré mi equipo y corrí hacia la Brooklyn Heights Promenade. Mi pareja señaló a un avión que volaba hacia la Estatua de la Libertad y supe lo que iba a suceder, iba a ser testigo de la muerte de cientos de personas”, cuenta Kelly Guenther y reflexiona: “Recuerdo haber pensado: “¡No, no, no!”. Pero respiré hondo y me dije: “Esto es historia. Haz tu trabajo”. Me acerqué la cámara al rostro, hice una toma amplia del horizonte y esperé a que el avión entrara en mi encuadre”.

“Esto es en el puente de Brooklyn justo después del colapso de la segunda torre, cuando un éxodo de sobrevivientes salía lentamente del humo hacia la luz del sol. Me topé con Joseph Sylvester, que dijo que trabajaba en el World Financial Center. Estaba cubierto de ceniza y le sangraba la cabeza debido a un pedazo de escombro que le había caído encima. Dijo que estaba buscando a su padre, que trabajaba en la zona. Nunca olvidaré lo calmados y callados que estaban. Supongo que debían estar todos en shock, mientras caminaban silenciosa y lentamente hacia la seguridad”, fue el testimonio de Andrea Mohin.

“Esta fotografía de Michele Defazio queda, para mí, como un recordatorio de la bondad de los desconocidos”. –Dice Krista Niles. “Pienso en ella cada 11 de septiembre. Vi que Michele caminaba sola hacia el Bowery, donde se había armado una estación para reportar a las personas desaparecidas. Llevaba sus volantes caseros con la fotografía de su esposo y se detuvo durante el más breve de los instantes, abrumada por su pena y preocupación. En la calle, varias personas se detuvieron a consolarla. El momento fue fugaz. Poco después de que esta fotografía recibió un Premio Pulitzer llamé a Michele. Para mí era importante que supiera que su historia era significativa para la historia. Tuvimos una conversación breve y algo torpe debido a la extraña conexión que ahora nos unía. Me dijo que seguía intentando aceptar la pérdida de su esposo y que había establecido un fondo de becas en su nombre. En los días posteriores al ataque nos enteramos de que 658 empleados de Cantor Fitzgerald –entre ellos Jason, el esposo de Michele— murieron en el ataque. Luego cubrí su servicio funerario y lloré mientras retrataba al mar de gente que se había reunido en medio del duelo”.

“Esa mañana, me tomó mucho tiempo encontrar una manera de escabullirme por el perímetro de la barricada policial para llegar hasta donde cayeron las torres”. Recuerda Crista Niles y afirma: “Al trepar por pilas precarias de escombros, dos bomberos captaron mi atención. Caminaban rápidamente y pude escuchar su conversación. Me enteré dónde habían buscado a un bombero de la 12, al que acaban de ubicar. Pasaron corriendo junto a mí y levanté mi cámara cuando le dijeron que su hermano, también bombero, estaba en una de las torres cuando colapsó y se creía que había muerto. Sus hombros se desplomaron y lo abrazaron en un momento de duelo. Al principio deseaba que los rostros de los bomberos hubieran sido más visibles en la toma. Sin embargo, con los años he llegado a apreciar su anonimato. Para mí, simbolizan la profunda pérdida que tantas personas experimentaron ese día”.

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