Carlos Arturo Juárez, el humor hecho discurso y la frase guardada en la memoria
Carlos Arturo Juárez, nació un 8 de febrero de 1917 en La Banda. Hoy estaría cumpliendo 104 años. Aclamado y respetado desde las entrañas por miles de santiagueños a quienes en algo, les cambió la vida. Adulado y mal querido por unos pocos idiotas que no merecen sino sólo la indiferencia. Odiado, por los menos. El periodismo y la política, el recuerdo y una frase cuya semántica deja una huella de por vida.
Daniel «Freddy» Anchepe, Periodista y Profesor de Lengua.

Por aquellos tiempos yo trabajaba en el Diario Abril de Santiago del Estero y mi hábitat natural no era la política. Ese espacio estaba reservado para los popes del periodismo local y para las plumas eruditas en el tema.
Simplemente, compartía la acción en la sección Policiales y Judiciales con mi amigo Diego Mazzola, y a ambos, nos motivaba un solo interés: publicar “la bomba”. “La bomba” que al otro día provocara un ataque cardíaco en masa en las redacciones de otros Medios de prensa.
Insisto, la Política no era lo mío, recién estaba descubriendo el arte de escribir noticias y los casos policiales eran mi materia prima.
A tal punto que mi primera publicación en el diario fue la copia textual de una estampita, la oración a un santito tan desconocido por mí, como intrascendente para mi carente fe católica y si hoy me peguntasen por su nombre, admitiría no recordarlo. ¡Pasaron tantos años!
Lo que sí recuerdo, es cómo Becky Stancampiano, a cargo de la Redacción del diario, perdía su tiempo con nosotros, los novatos, enseñándonos las reglas del periodismo y la siempre buena predisposición de Dardo “Chiqui” Ramírez, quien entendía a la perfección la idea de tener la foto justa que describiera por si sola la historia de lo publicable.

Lo que sí recuerdo, es aquella jornada calurosa de principios del año 2000. Un día de “patrullaje” buscando la noticia policial, el cual me llevó a coincidir en una guardia periodística, al mediodía, con los colegas de Santiago del Estero en el Aeropuerto de Mal Paso. ¿Motivo? Regresaba de Buenos Aires el gobernador Carlos Arturo Juárez.
El Dr. Carlos Arturo Juárez, el caudillo para algunos, el Tata para otros, me dejó ese día una enseñanza en clave humorística con una sola frase dicha, la que ni siquiera estaba dirigida a mí, y de la cual me apropié.
Recuerdo que en el Hall Central de la Estación Aérea, estaban todos expectantes. Preguntamos y el vuelo venía un poco retrasado. Había que esperar. Todos mirábamos hacia esa puerta por donde aparecería su figura y la conversación, en un principio tensa por el acontecimiento, fue tornándose relajada con el paso de los minutos.
Palabras más, escuchar historias de la profesión contadas por sus protagonistas, generaba la risa al unísono. Palabras menos, yo tenía tan poco para decir que no emitía sonido. Y fue entonces cuando quedé mudo.
A espaldas de los hombres de prensa, apareció el gobernador con una sonrisa amplia, casi perfecta, dibujada, con anteojos de cristal amarronado y un saco de ese mismo color. Rompió con su andar calmo aquel círculo de periodistas que no esperaban semejante intromisión por un lugar no pactado.

Ese año Carlos Juárez dijo en el Hall Central del Aeropuerto Vicecomodoro Ángel de la Paz Aragonés, ante un grupo de periodistas que yo integraba, una frase hermosa por la simpleza de su construcción sintáctica y su enorme carga semántica, matizada con una cuota de humor que para mí era inusual en la persona de gobernador. No olviden que yo no estaba interesado en la política
“¿Qué es esta tertulia jocosa?”, se preguntó retoricamente sin desarmar la sonrisa ladina en su rostro y me cautivó. Sólo atiné a presionar el botón “Rec” de mi grabador a cassette marca Panasonic una vez que salí del estupor en el que habíamos caído todos. ¡Qué recuerdo!
Esa frase esconde una belleza rara, no sólo porque fue dicha con picardía avalada por la sorpresa del momento, sino por estar fundada sobre dos palabras que suenan extraño al oído de los hablantes, y desde un punto de vista fonético se perciben, poco comunes.
Porque hoy en día, nadie te invita a una “Tertulia” para informarte de la actualidad o la ciencia, al mejor estilo Tertuliano. Tal vez quedamos de acuerdo en compartir un asado para conversar sobre la vida y los hijos o para discutir sobre política y fútbol, reunión que nunca sería una tertulia, claro, aunque mucho se pareciera.
Si encontraras escrita la palabra tertulia en algún lado, no sería en un mensaje de WhatsApp, sino en el Ticket del teatro, y aún su significado no sería ni por asomo aquel que le imprimió el doctor Juárez en su frase, pero de seguro los asientos serían más cómodos que los que se consiguen a menor valor en la “cazuela” o el “gallinero”.

Ni qué hablar de “jocosa”, cuya función en la frase es la de acompañar al sustantivo tertulia, otorgándole una cualidad o rasgo distintivo y si se quiere, pudo haber sido reemplazada por otras palabras de mayor uso en el idioma castellano, tales como divertida, alegre o graciosa.
Sin embargo, una tertulia nunca podría ser divertida, alegre o graciosa, en el discurso pulido de Carlos Juárez, por eso la justeza de un vocabulario superior y una semántica que describe a la perfección una situación vivida y atesorada para siempre.
Recuerdo que aquel año el Dr. Juárez ejercía su quinto mandato por decisión popular como gobernador de la provincia, lo cual no es poco. Un animal político, una tremenda figura de la Democracia Argentina.
Aquel año sería recordado por ser bisagra entre milenios y la falacia de la hecatombe informática. Fue el año de la muerte del “Potro” Rodrigo en un accidente de tránsito y el nacimiento de un mito popular. El año en el cual Boca Juniors ganó la Copa Intercontinental al vencer 2 a 1 al Real Madrid en Tokio, con dos goles del gigante Martín Palermo.
Aquel año me interesé en la política, en las acciones de los gobiernos, en la historia, en la literatura y en la lengua, para entender cómo funciona el mundo, convencido de haber descubierto oro en polvo y marcado por la discursividad y retórica del recordado caudillo. ¡Feliz cumpleaños, Doctor!
