Argentina desmantela barreras antidumping mientras el mundo refuerza el proteccionismo
Sturzenegger elige presentar estas medidas como símbolos de modernidad y coherencia con una filosofía de libre mercado. Pero en un mundo que se cierra, que subsidia a sus industrias y protege sus intereses estratégicos, Argentina se convierte en un experimento solitario. El tiempo dirá si esa apuesta es visionaria o suicida. Mientras tanto, la industria local se prepara para una tormenta que no parece tener red.

En un contexto global marcado por el regreso de políticas proteccionistas, la Argentina decidió ir en dirección contraria. El ministro de Desregulación, Federico Sturzenegger, anunció con entusiasmo la eliminación de medidas antidumping —instrumentos clave para proteger la producción nacional frente a la competencia extranjera desleal— y destacó dos resoluciones (397/25 y 351/25) que impactan directamente sobre sectores sensibles como el textil y el químico.
“Impulsores de la libertad que pregona nuestro presidente”, expresó Sturzenegger en un mensaje que reafirma el rumbo ultraliberal del Gobierno, aún en un escenario económico global que camina en sentido opuesto. Mientras Estados Unidos impone aranceles y Europa analiza una respuesta agresiva, y China multiplica barreras comerciales y devalúa su moneda para sostener su competitividad, Argentina —aislada— desmantela sus últimos mecanismos de defensa comercial.
El momento elegido para oficializar las medidas no es casual ni menor: en plena jornada de caída de los mercados internacionales, en lo que ya se califica como un nuevo “lunes negro”, la decisión argentina de abrir aún más su economía puede leerse como un gesto ideológico más que una acción basada en el pragmatismo económico. La liberalización sin protección despierta preocupación en sectores industriales locales, que ven con inquietud cómo sus productos deberán competir con insumos importados más baratos, muchas veces subsidiados o en condiciones desleales.
Las medidas antidumping existen para impedir que empresas extranjeras vendan en el mercado local por debajo del costo, una práctica que tiende a destruir la industria nacional. Mientras el mundo reacciona con protecciones frente a la guerra comercial global, Argentina aparece como el único país que toma el camino inverso, en una jugada que expone aún más a sus sectores productivos a una competencia externa feroz y muchas veces asimétrica.
La apertura total del mercado interno sin medidas compensatorias plantea un interrogante serio sobre el futuro de la industria nacional. En nombre de la eficiencia, la competencia y la “libertad”, se empuja a sectores enteros a competir con gigantes internacionales que cuentan con apoyo estatal, escala y acceso a crédito. La desaparición de las herramientas de defensa comercial no solo implica un riesgo para el empleo y la producción, sino también una pérdida de soberanía económica.
