Lola Berthet y el límite del silencio: una denuncia frontal contra la insensibilidad del Gobierno de Javier Milei
La actriz y militante Lola Berthet rompió el cerco mediático de la neutralidad con una intervención potente y emocional, que no sólo critica las políticas del gobierno de Javier Milei, sino que las denuncia como un ataque frontal contra los sectores más vulnerables.

En declaraciones radiales, Berthet expuso con crudeza las consecuencias del ajuste libertario en el sistema de atención a personas con discapacidad, visibilizando lo que el discurso oficial disfraza de eficiencia: un recorte sistemático de derechos adquiridos.
“El Presidente se está cagando en todas las leyes que cuesta un montón hacerlas y defenderlas”, dijo sin rodeos, apelando a un lenguaje llano que conecta con el hartazgo social. La declaración, más allá del tono, es profundamente política: pone en tela de juicio la legitimidad moral de un proyecto que, bajo la consigna de achicar el Estado, desmantela estructuras esenciales para la vida digna de miles de ciudadanos.
Berthet, madre de un hijo dentro del espectro autista, no habla desde la teoría. Su testimonio se enraíza en lo cotidiano: terapeutas que no cobran desde principios de año, personas con discapacidad que trabajan cuatro horas por día y reciben apenas 28 mil pesos mensuales, un 70% de desfasaje en los aranceles del sistema de atención. La falta de actualización en los pagos y la precarización laboral en un área tan sensible no es sólo una falla administrativa: es una decisión política con efectos humanos devastadores.
La actriz también apuntó contra la violencia simbólica del gobierno, específicamente en el caso del influencer Ian Moche, un joven con autismo que fue blanco de los ataques del propio Milei en redes sociales. La reacción del presidente —acusando a la familia de operar con fines políticos— no sólo desató una ola de hostigamiento digital, sino que marcó un nuevo límite en el nivel de agresión oficial. “Esto ya es odio, literalmente esto es odio, porque es un ensañamiento”, denunció Berthet.
El caso de Ian no es un hecho aislado, sino parte de un patrón: cualquier actor o ciudadane que se atreva a cuestionar al gobierno, incluso desde una experiencia personal vinculada al dolor o la injusticia, es rápidamente deslegitimado, deshumanizado o ridiculizado por las figuras centrales del oficialismo y su aparato comunicacional. En este contexto, las redes sociales funcionan como extensión del poder disciplinador del Estado.
Berthet convocó además a la marcha por la Ley de Emergencia en Discapacidad frente al Congreso, en un intento por organizar la resistencia desde abajo. La movilización cobra sentido como contraofensiva frente a un modelo de gobierno que no sólo recorta, sino que banaliza el sufrimiento, caricaturiza el reclamo social y transforma la crueldad en una marca de estilo.
Finalmente, la actriz cerró con una frase que encapsula el clima social: “No es chiste lo que estamos pasando, las alertas están todas”. Su crítica excede lo ideológico y se instala en un registro más urgente: el de quienes ya no están dispuestos a tolerar que los derechos más básicos sean tratados como privilegios innecesarios.
En medio de un discurso oficial que promueve la lógica de la eficiencia y la autosuficiencia a cualquier costo, la voz de Berthet emerge como un llamado de atención incómodo, pero necesario. La pregunta que deja flotando es clara: ¿hasta cuándo se podrá sostener un proyecto de país que parece dispuesto a avanzar incluso sobre aquellos que no pueden defenderse?
